Hace años llegó a mi casa una pieza dorada, machucada por los golpes y con la tapa entreabierta, como si ya no pudiera cubrirla por completo. Antes de entregármela, quien en aquel tiempo era mi esposo la limpió y la pulió lo más que pudo. Eso me hace pensar que debía tener todavía más marcas de las que yo llegué a conocer.
Cuando la recibí, la miré y dije inmediatamente:
—Es mi lámpara del genio.
No se parece en nada a las de Aladino. De hecho, probablemente ni siquiera sea una lámpara. Tiene una base redonda, un cuerpo gordito que se va haciendo más estrecho hasta llegar a la boca, una tapa que nunca termina de cerrar y su respectiva asa de donde agarrarla. Pero a mí no me importó. Era mi lámpara de los deseos. Así la bauticé y así ha sido hasta el sol de hoy.
Lo curioso es que pasaron los años y nunca le pedí nada.
Hace unos días, entre la rutina diaria y los aconteceres de la vida, me senté en mi mueble ya desgastado y, no sé por qué, la miré. Seguía en el mismo lugar. La tomé entre mis manos y le dije:
—Desde que te vi dije que eras mi cumplidora de deseos, pero nunca te he pedido uno. Mucho menos los tres que, según la magia, me corresponden.
Creo que ha llegado el momento.
Y comencé a sobarle la pancita.
Por supuesto, no salió ningún genio. Pero apareció una pregunta:
¿Existe el deseo perfecto?
Ese deseo que, si tuvieras la oportunidad de pedirlo, pudiera cubrirte mientras habites en este mundo de los vivos.
Pensé en salud. Y enseguida pensé en las personas que amo. Entonces ya no podía pedir salud solamente para mí. Quería salud para ellos también. Quería que estuvieran bien, que no les doliera nada, que el tiempo fuera generoso con todos.
Y un deseo ya empezaba a parecerme insuficiente.
Pensé en dinero. Mucho, por supuesto. Si estamos hablando de magia, tampoco vamos a pedir con timidez.
Pensé en la tranquilidad de no preocuparme por ciertas cosas, en la libertad de poder resolver, ayudar, conocer lugares, cumplir sueños… Hasta que recordé que existen momentos frente a los cuales ninguna cuenta bancaria alcanza.
Entonces pensé en el amor. Y ahí la cosa se complicó todavía más.
Porque no quería simplemente que me quisieran. Quería querer y sentirme querida. Quería un amor que acompañara, que diera paz, que hiciera bien. Pero tampoco el amor podía protegerme de todo.
Pensé en felicidad. ¿Felicidad para siempre? Sonaba maravilloso.
Hasta que me pregunté si realmente querría una vida sin volver a sentir tristeza. Porque algunas tristezas también enseñan, cambian y nos obligan a conocer partes de nosotros mismos que quizás nunca descubriríamos si todo fuera siempre perfecto.
Pensé en muchos años de vida. Pero no quería solamente años.
Quería tiempo.
Y ahí me detuve. Porque quizás no son exactamente lo mismo.
Quería tiempo para estar con los míos, para hacer cosas que todavía no he hecho, para equivocarme y volver a intentarlo. Tiempo para reír, conocer lugares, escribir, cambiar de opinión y comenzar de nuevo las veces que hiciera falta.
Y mientras más pensaba, más difícil se volvía escoger. Cada deseo necesitaba otro para sentirse completo.
Salud, pero con tiempo. Dinero, pero con tranquilidad. Amor, pero del bueno. Vida, pero una vida que valiera la pena vivir.
Ya no estaba pidiendo deseos. Estaba tratando de redactar un contrato con el genio para que no encontrara ningún vacío.
Me dio risa.
—Voy a salir más enredada que antes de pedirte nada.
Y puse mi lámpara nuevamente en su lugar, donde ha permanecido desde el día que llegó a mi casa.
No pedí nada.
Pero aquella conversación absurda con un objeto que, obviamente, nunca me respondió, se quedó conmigo.
Pensé en la cantidad de veces que dejamos nuestra felicidad colocada justo después de algo:
Cuando tenga… Cuando logre… Cuando llegue… Cuando pase… Cuando pueda…
Como si en algún punto de la vida fuéramos a conseguir finalmente todas las piezas y pudiéramos decir: ahora sí, no me falta nada.
Pero siempre falta algo. O cambia algo. O queremos algo nuevo. O perdemos algo que jurábamos que siempre estaría ahí.
Volví a mirar mi lámpara.
Dorada. Golpeada. Pulida. Con marcas que nunca desaparecieron del todo y una tapa que todavía no logra cerrarse por completo.
Y pensé en algo que durante todos estos años no había visto de esa manera.
Cuando llegó a mis manos ya tenía golpes. Ya tenía marcas. Ya estaba imperfecta. Y aun así, lo primero que yo vi en ella fue magia.
Quizás ahí estaba la respuesta que tanto había buscado aquella tarde.
La magia nunca estuvo en que fuera perfecta.
Fui yo quien decidió verla así.
Y quizás con la vida pasa algo parecido.
Hay cosas que llegan como las soñamos y otras que llegan machucadas. Hay planes que encajan perfectamente y otros cuya tapa, por más que insistamos, nunca termina de cerrar. Hay golpes que con el tiempo logramos pulir y otros que dejan su marca.
Y aun así seguimos.
Seguimos queriendo, intentando, cambiando, soñando. Seguimos haciendo planes incluso después de comprobar que la vida rara vez pregunta por los nuestros.
Ese día no encontré el deseo perfecto. No salió ningún genio. Mi lámpara volvió exactamente al mismo lugar.
Y todavía me quedan tres deseos.
Quizás algún día sepa qué pedir.
Mientras tanto, creo que prefiero no esperar a que salga un genio para empezar a vivir algunas de las cosas que pensaba pedirle.












