Por Wander Rafael Morales Féliz
En política solemos valorar a quienes tienen capacidad de conectar con la gente, escuchar sus necesidades y mostrar sensibilidad frente a los problemas de una comunidad. Y eso es importante. Pero cuando hablamos de administrar una institución pública, las buenas intenciones, por sí solas, no son suficientes.
Gobernar implica tomar decisiones que tienen consecuencias jurídicas, financieras, administrativas y sociales. Quien ocupa una posición de responsabilidad debe comprender, al menos, los elementos fundamentales que sostienen el funcionamiento del Estado: presupuesto, compras y contrataciones, contabilidad, documentos legales, estadísticas, formulación y ejecución presupuestaria, impuestos, recaudaciones, cobranzas y servicios públicos.
Una persona puede tener una extraordinaria vocación de servicio y hacer grandes esfuerzos por su comunidad, pero si desconoce las reglas que regulan el uso de los recursos públicos, puede terminar cometiendo errores que posteriormente una auditoría podría poner en evidencia.
Y aquí existe una diferencia fundamental: hacer algo que beneficia a la gente no siempre significa hacerlo correctamente desde el punto de vista administrativo y legal.
Una obra puede ser necesaria. Una ayuda social puede ser justa. Un servicio puede ser urgente. Pero el Estado no solamente debe preguntarse qué hacer, sino también cómo hacerlo, con qué recursos, bajo qué procedimiento, con qué documentación y dentro de qué marco legal.
Por eso, rodearse de buenos profesionales es indispensable, pero tampoco sustituye la preparación de quien toma las decisiones. Un alcalde, director, legislador o funcionario puede contar con excelentes abogados, contadores, ingenieros, economistas y especialistas en compras públicas; sin embargo, la responsabilidad política y administrativa de la decisión final recae en quien dirige.
Es como conducir un vehículo moderno: usted puede tener al mejor mecánico disponible, pero si no sabe distinguir siquiera los componentes básicos del sistema eléctrico, puede tomar una decisión equivocada que termine provocando daños mayores. No necesita ser el mejor mecánico, pero sí necesita tener los conocimientos suficientes para entender lo que está decidiendo.
En la administración pública ocurre algo parecido. No se trata de que el político sea abogado, contador, economista, ingeniero y especialista en cada materia al mismo tiempo. Se trata de que tenga la preparación, el criterio y la capacidad de análisis suficientes para comprender los informes que recibe, hacer las preguntas correctas, identificar riesgos y tomar decisiones responsables.
También necesitamos políticos capaces de leer los números. Las estadísticas no son simples cifras colocadas en un informe: permiten conocer la realidad, identificar prioridades, medir resultados y determinar si una política pública realmente está funcionando. Gobernar con información es muy diferente a gobernar por percepción.
El voto, por tanto, debería valorar mucho más que la simpatía, el discurso o la capacidad de movilizar personas. Debemos preguntarnos: ¿esta persona está preparada para administrar? ¿Comprende cómo funciona el Estado? ¿Puede interpretar un presupuesto? ¿Entiendes las consecuencias de una contratación? ¿Puede analizar una ejecución presupuestaria? ¿Sabe distinguir una decisión políticamente conveniente de una decisión administrativa y legalmente correcta?
La política necesita sensibilidad, pero también conocimiento. Necesita vocación de servicio, pero también disciplina. Necesita liderazgo, pero también preparación.
Porque cuando una persona llega a administrar recursos públicos, ya no está manejando solamente sus propias decisiones: está administrando el dinero, los derechos y las oportunidades de todos.
Por eso, elegir a quién nos representa no debería ser solamente una cuestión de simpatía o cercanía.
También debemos votar por capacidad.
Porque una buena intención puede ayudar a tomar una decisión; pero la preparación es la que ayuda a tomarla correctamente.
Artículo de opinión por: Wander Rafael Morales Féliz







