Por Wander Rafael Morales Feliz
Yo sé lo que significa empezar desde abajo.
Sé lo que es dormir en una concha de cama con base de latas y un esprín de soporte.
Sé lo que es salir a la escuela sin desayunar y sin un peso para la merienda, en una época en la que en las escuelas ni siquiera daban agua.
Sé lo que es llegar a casa y que no hubiera comida. Entonces, había que salir a marotear al monte para buscar frutas y hasta comer jaibas pequeñas crudas, porque el hambre no esperaba.
Sé lo que es usar la misma ropa durante todo el año y que, cuando llegaba ropa «nueva», casi siempre fuera la que dejaba mi hermano mayor.
Sé lo que es pasar meses sin recortarme. Sé lo que es cepillarse los dientes con jabón de cuaba y, cuando no había cepillo, hacerlo con los dedos y después enjuagarse con sal para evitar el mal olor.
Sé lo que es cenar guineos con aceite vacío.
Sé lo que es llevar los útiles escolares en fundas negras utilizadas como mochilas.
Sé lo que es vivir en una casa de apenas dos habitaciones: una que servía de cocina y sala, y otra donde dormíamos, guardábamos la ropa y prácticamente todo lo demás.
Sé lo que es tener una letrina y bañarse en el patio. En definitiva, sé lo que es vivir con tantas limitaciones.
Sé lo que es terminar la escuela con el deseo de estudiar en la universidad, pero no poder hacerlo porque no tenía dinero para el pasaje ni para pagar la inscripción.
Y sé lo que es trabajar desde niño para aportar al sostenimiento de mi hogar.
Una infancia de carencias, pero también de sueños
Mientras otros niños tenían juguetes, nosotros teníamos que inventarlos.
Hacíamos nuestros propios carritos con cajas de jugo Rica y latas de Carnation, utilizando javillas, limones verdes o tapas de refrescos como ruedas.
Y aquellos soldados de plástico eran prácticamente un premio.
Subir a un techo a volar una chichigua era sentir que estábamos contemplando la libertad desde arriba.
Jugábamos en la calle porque era nuestra única vía de diversión.
Sé lo que es caminar kilómetros para buscar agua en un caño y poder beber, y cargar cubetas desde el río para tener agua con la cual cocinar y bañarnos.
Sé lo que es ir al río a lavar.
Y sé lo que significaba la lluvia.
Cuando llovía, era una bendición, porque podíamos llenar los tanques de agua.
Pero también era una maldición, porque muchas veces entraba más agua a la casa de la que caía afuera.
Esa fue mi realidad.
Y no la cuento para dar lástima.
La cuento porque esa realidad también forma parte de quien soy.
La decisión de estudiar, trabajar y seguir adelante
Por eso entiendo cuando alguien dice que no tuvo oportunidades.
Pero también aprendí algo:
Si uno se va por la ruta fácil, difícilmente encontrará una verdadera oportunidad para cambiar su vida.
Yo decidí estudiar.
Decidí trabajar.
Decidí esforzarme.
Decidí respetar las leyes.
Decidí seguir adelante, aun cuando muchas veces parecía que no había camino.
Y aquí estoy.
No llegué hasta aquí porque todo haya sido fácil.
Llegué porque aprendí a valorar cada oportunidad, cada sacrificio y cada pequeño avance.
Por eso, hoy puedo decir con orgullo:
LOS QUE ESTUDIAMOS, TRABAJAMOS Y RESPETAMOS LAS LEYES TAMBIÉN SOMOS EXITOSOS.
No necesitamos pisotear a nadie.
No necesitamos tomar lo ajeno.
No necesitamos buscar caminos ilegales.
Podemos construir nuestro propio camino con educación, trabajo, disciplina, honestidad y perseverancia.
De aquel niño que tenía muy poco nació un hombre agradecido
Y cuando miro hacia atrás y recuerdo aquella casa, el hambre, la ropa heredada, las fundas negras, los carritos hechos con cajas y latas, las jaibas, los guineos con aceite, el río, el caño, la lluvia entrando por el techo, las dificultades para estudiar y aquellos años trabajando desde niño…
Solo puedo mirar al cielo y decir:
¡GRACIAS A DIOS!
Porque de aquel niño que tenía muy poco, pero que nunca dejó de soñar, nació el hombre que hoy puede decir:
Sí se puede.
También se puede salir adelante por la vía correcta.
También se puede ser exitoso estudiando, trabajando y respetando las leyes.
Wander Rafael Morales Feliz











