Por Marleny Núñez
Apenas comenzaba la mañana del regreso a clases y ya tenía frente a mí un pantalón que no cerraba, dos zapatos que no eran pareja y una pregunta que, curiosamente, no tenía nada que ver con ninguna de las dos cosas:
¿Será que soy una madre irresponsable?
Sí. Así comenzó nuestro regreso a clases.
Después de unas largas y merecidas vacaciones —creo—, mis niños regresaban al colegio para iniciar un nuevo año escolar.
Bueno, mis “niños” ya son adolescentes, jajaja, pero para una madre ciertos títulos parecen no tener fecha de vencimiento.
Como de costumbre, me levanté temprano, preparé el desayuno y fui a despertarlos. Comenzó el ritual: bañarse, ponerse los uniformes, desayunar y salir.
Yo estaba tranquila. Después de todo, llevaba semanas preparándolo todo: uniformes comprados, zapatos comprados, útiles listos.
¿Qué podía salir mal?
Mientras terminaba el desayuno, apareció uno de ellos:
—Mami, el pantalón no me sirve.
—¿Cómo que no te sirve?
Semanas atrás le quedaba perfectamente.
—¿Será que engordé? —me preguntó.
Pero ¿cómo es posible que en tan poco tiempo ya no te sirva?, pensé.
Buscamos otro.
Tampoco.
Ahí mi tranquilidad comenzó a despedirse.
Intenté abrirle un poco la cintura. Pensé que podía resolver provisionalmente con una correa hasta comprar otro más tarde, esperando, por supuesto, que todavía quedaran uniformes disponibles en el centro educativo.
Abrí.
Probamos.
Nada.
Y entonces mi cabeza hizo lo que a veces sabe hacer demasiado bien: mientras yo intentaba resolver el problema, ella decidió buscar una culpable.
Y la encontró rápido.
Yo.
Debí probárselo ayer.
¿Cómo no revisé esto antes?
¿Será que me descuidé demasiado?
Pero no había tiempo para iniciar un juicio contra mí misma. Había que salir para el colegio.
Resolví lo del pantalón como pude y sentí ese pequeño alivio que llega cuando una cree que, finalmente, superó la crisis.
Qué ilusa.
Y entonces llegó el segundo «mami…»
A los pocos minutos escuché:
—Mami…
Hay tonos de “mami” que una reconoce inmediatamente. Ese era uno de ellos.
—¿Ahora qué pasó?
—Los zapatos son diferentes.
Me quedé mirándolo.
Miré hacia abajo.
Volví a mirar.
Uno de un par.
Otro de otro.
Me llevé la mano a la cabeza.
—¡Lo que me faltaba!
Resulta que el día que compramos los zapatos se habían mezclado con los de mi sobrino. Como ya se los habían medido en la tienda y sabíamos que les servían, guardamos la caja y seguimos con nuestras vidas.
Hasta hoy.
Tocó buscar otros zapatos para que pudiera ir al colegio y dejar aquel nuevo problema para después.
Finalmente, salieron.
La puerta se cerró y la casa quedó en silencio.
Respiré.
Ese silencio después de una mañana agitada tiene algo especial. Por unos segundos sentí que había sobrevivido a una batalla pequeñísima que, mientras ocurría, me había parecido enorme.
Entonces miré la hora y recordé un pequeño detalle:
Yo también tenía que ir a trabajar.
Fui a prepararme y, mientras me arreglaba, me miré al espejo.
No sé por qué, pero me dio risa.
Quizás porque hacía apenas unos minutos creía tenerlo todo bajo control y, en cuestión de nada, había pasado de la tranquilidad a la desesperación, de la culpa al alivio y, finalmente, a estar ahí, frente al espejo, riéndome de mí misma.
Me miré otra vez y me dije:
—¡Ah, vida tan caóticamente hermosa, te la traes conmigo!
Y seguí arreglándome.
¿Irresponsable yo?
Ya con la cabeza más tranquila, aquella pregunta volvió:
¿Soy irresponsable?
Sí, pude revisar los pantalones el día anterior. También pude abrir las cajas de los zapatos.
Pero no lo hice.
¿Y saben qué fue lo que realmente me inquietó?
No fue haber olvidado revisar dos cosas.
Fue descubrir la facilidad con la que un pequeño imprevisto consiguió hacerme cuestionar todo lo demás.
Como si descansar fuera descuidarse.
Como si bajar la guardia un poco fuera sinónimo de irresponsabilidad.
Como si una tuviera que anticiparse a todo para sentir que lo está haciendo bien.
Y no.
Los muchachos crecen. Los pantalones dejan de servir. Los zapatos se confunden. Los planes cambian. Y hay mañanas que parecen empeñadas en recordarnos que no todo depende de nosotros.
Una se desespera.
Resuelve.
Se culpa un poquito.
Respira.
Y después se ríe.
Eso sí: después de lo de hoy, les aseguro que la próxima caja de zapatos que entre a esta casa la voy a revisar hasta por debajo.
Jajaja.
Terminé de arreglarme, recogí mis cosas y salí a trabajar.
Los muchachos ya estaban en clases. El pantalón estaba resuelto. Los zapatos encontrarían solución más tarde. Y aquella pregunta sobre si era o no una madre irresponsable ya no pesaba igual.
Al final, no había ocurrido ninguna tragedia.
Había ocurrido la vida.
Y apenas eran las primeras horas del día.













