En las últimas semanas, la República Dominicana ha vuelto a estremecerse con noticias de jóvenes vinculados, según las autoridades, a bandas, armas, drogas y hechos violentos. Algunos han terminado muertos durante intervenciones policiales antes de llegar a los 25 años. Pero sería un error concluir que «la generación del 2000 es delincuente».
La mayoría de nuestros jóvenes estudia, trabaja, emprende, practica deportes y busca construir un futuro. El problema reside en una minoría que parece encontrar en la violencia y el dinero rápido una forma de obtener identidad, respeto y reconocimiento.
Una generación criada en un mundo diferente
Quienes nacieron alrededor del año 2000 crecieron en una sociedad muy distinta a la de los años 80 y 90. Antes, la familia, la escuela, el barrio, la iglesia y el deporte eran los principales espacios de socialización. Hoy existe otro escenario: el teléfono móvil y las redes sociales.
Un joven puede pasar horas observando vehículos de lujo, dinero, armas, fiestas y fama. Las redes no crean automáticamente delincuentes, pero pueden amplificar determinados modelos de comportamiento y convertirlos en símbolos de éxito. La pregunta es qué ocurre cuando ese joven observa esa vida en Internet, pero en su realidad encuentra pobreza, desempleo y pocas oportunidades. Ahí aparece la frustración.
El sociólogo Robert Agnew explica, mediante su teoría de la tensión, cómo determinadas frustraciones y obstáculos pueden aumentar el riesgo de respuestas desviadas cuando se combinan con otros factores de vulnerabilidad.
La delincuencia no comienza con un arma
Muchas veces comienza mucho antes: con abandono escolar, violencia familiar, falta de supervisión, malas compañías, consumo de drogas o ausencia de oportunidades. Aquí aparece uno de los factores más importantes: los grupos de pares. Una banda puede ofrecerle a un joven vulnerable algo que la sociedad formal no consiguió darle: pertenencia, identidad, protección, dinero y respeto. El joven puede sentir que «aquí yo soy alguien», y ese sentimiento puede ser más poderoso de lo que imaginamos.
UNICEF ha señalado que aproximadamente el 63 % de los niños dominicanos de 1 a 14 años está expuesto a métodos violentos de disciplina en el hogar. Si un niño aprende que los conflictos se resuelven mediante golpes, amenazas o miedo, no debería sorprendernos que algunos reproduzcan esos patrones más adelante. La violencia juvenil no nace solamente en la calle; también puede comenzar dentro de la casa.
Una nueva forma de violencia: la que pasa por la pantalla
Hoy una discusión puede comenzar en la escuela, continuar por WhatsApp y terminar en Instagram o TikTok. Una ofensa puede hacerse pública. Una pelea puede ser grabada. Una amenaza puede llegar a cientos de personas en minutos. El miedo a quedar como «cobarde» puede llevar a algunos jóvenes a responder violentamente.
Por eso es necesario hablar de educación digital, manejo de conflictos y nuevas formas de construir la masculinidad. Ser hombre no debería significar demostrar quién tiene más poder para hacer daño.
¿Y la Policía?
La Policía tiene la responsabilidad de combatir el crimen y proteger a la población. Pero las muertes ocurridas durante intervenciones policiales también deben ser investigadas individualmente cuando corresponda. Los reportes de supuestos intercambios de disparos no deben confundirse automáticamente con condenas judiciales. Seguridad ciudadana y derechos fundamentales deben caminar juntos.
La solución no puede ser solo represiva
Cuando un joven de 18 o 19 años aparece armado y vinculado a una banda, debemos preguntarnos qué ocurrió cuando tenía 8, 10 o 12 años. ¿Abandonó la escuela? ¿Quién le ofreció deporte? ¿Quién le enseñó un oficio? ¿Quién le mostró una alternativa? Esperar a que aparezca el delito significa, muchas veces, llegar demasiado tarde.
Necesitamos Policía, inteligencia, justicia y control de armas. Pero también necesitamos prevención: educación, formación técnica, empleo, deporte, cultura, apoyo familiar, recuperación de espacios públicos y oportunidades reales para nuestros jóvenes.
La pregunta más importante no debería ser cuántos jóvenes podemos encarcelar. La pregunta verdadera es cuántos podemos evitar que lleguen hasta allí. La batalla contra la delincuencia comienza mucho antes de que la Policía llegue: comienza en la casa, en la escuela, en el barrio y en las oportunidades que somos capaces de ofrecer.
Wander Rafael Morales Féliz es columnista de opinión. Las ideas expresadas en este artículo son de su exclusiva responsabilidad y no representan necesariamente la posición editorial de PaginaUno.Do.
















