Por Kinller Moquete
Toda campaña pública enfrenta un desafío decisivo: lograr que el mensaje sobreviva a la publicación. Un video puede alcanzar miles de reproducciones; un consejo puede obtener reacciones y compartidos; una etiqueta puede ocupar durante horas la conversación digital. Pero la verdadera transformación comienza después, cuando una persona modifica una conducta y ayuda a que otra haga lo mismo.
Ese es el valor profundo de Dominicana Eficiente. La iniciativa de la Superintendencia de Electricidad no se limita a recomendar que apaguemos una luz o desconectemos un cargador. Busca promover una cultura que valore y proteja la energía como un recurso de importancia social y ambiental. La palabra clave es cultura, porque las campañas terminan, mientras los hábitos pueden permanecer.
La Comisión Nacional de Energía ha utilizado una expresión igualmente importante al desarrollar sus programas educativos: convertir a los participantes en multiplicadores del uso eficiente y del ahorro de energía en hogares, centros educativos, lugares de trabajo y comunidades. Esa meta merece ser asumida por los medios de comunicación, las familias, las empresas, las instituciones públicas y cada ciudadano.
La conciencia no debe descansar en la culpa
Para multiplicar buenas prácticas, debemos comunicar sin humillar. Una familia que enfrenta dificultades económicas no necesita sermones; necesita información clara, recomendaciones realistas y acceso gradual a tecnologías eficientes. Un pequeño negocio no siempre puede sustituir todos sus equipos, pero sí puede organizar horarios, realizar mantenimiento, aprovechar la luz natural y corregir desperdicios.
La educación energética fracasa cuando presenta cada consumo como una falta moral. La electricidad permite producir, aprender, cuidar, conservar y vivir con dignidad. El problema no es utilizarla, sino desperdiciarla. Esa distinción permite construir una conversación más justa: no se trata de vivir a oscuras, sino de iluminar con propósito; no se trata de soportar el calor, sino de climatizar con criterio; no se trata de desconectar todo, sino de reconocer qué debe permanecer activo.
También debemos evitar trasladar al ciudadano toda la responsabilidad del sistema eléctrico y del cambio climático. El Estado, las empresas y los reguladores tienen deberes indelegables: mejorar la calidad del servicio, reducir pérdidas, promover inversiones, establecer estándares, informar con transparencia y facilitar una transición hacia tecnologías y fuentes más limpias. La conducta individual complementa esas obligaciones; no las sustituye.
El poder del ejemplo cercano
Las personas adoptan con mayor facilidad una práctica cuando la observan en alguien de confianza. Un padre que apaga la luz educa más que un cartel. Una supervisora que revisa el aire acondicionado antes de salir legitima el protocolo de la oficina. Un comerciante que explica cómo redujo su consumo convierte la eficiencia en una experiencia concreta.
Los medios digitales tienen una responsabilidad especial. Podemos presentar la eficiencia energética como una conversación cotidiana, no como un tema reservado para técnicos. Videos breves, artículos, infografías, testimonios y retos comunitarios pueden traducir conceptos complejos en acciones comprensibles. Pero esa comunicación debe conservar rigor: diferenciar recomendaciones generales de instrucciones técnicas, advertir sobre la seguridad y evitar cifras universales que no se aplican a todos los hogares.
PaginaUno.Do, LaSeguridadSocial.Do, la Agencia Multimedios Sociedad de la Información y quienes participamos en esta iniciativa podemos contribuir a que el mensaje circule. Sin embargo, el alcance más importante no será el número de impresiones, sino la cantidad de conversaciones familiares, revisiones de facturas, protocolos de cierre y equipos desconectados que nazcan a partir de ellas.
Una ola hecha de hábitos
Montarse en la ola de Dominicana Eficiente significa aceptar un compromiso progresivo. Nadie transforma su consumo de un día para otro. Se comienza observando, luego se corrige una práctica, se mide el resultado y se comparte la experiencia. Esa secuencia convierte una recomendación aislada en aprendizaje.
Podemos comenzar con un reto de siete días: apagar luces innecesarias, revisar el consumo en espera, ajustar racionalmente la climatización, utilizar cargas completas de lavado, organizar el planchado, cerrar la oficina con un protocolo y enseñar una práctica a otra persona. Al final, cada participante debería responder tres preguntas: qué cambió, qué dificultad encontró y qué hábito conservará.
Las escuelas pueden integrar recorridos de observación y proyectos de medición. Las juntas de vecinos pueden compartir listas de recomendaciones. Las empresas pueden establecer metas por área. Las instituciones públicas pueden publicar resultados y reconocer mejoras. Las familias pueden designar a los niños y adolescentes como guardianes de la eficiencia, no para cargarles responsabilidad, sino para integrarlos en una cultura de cuidado.
Ahorrar para proteger la casa común
El beneficio financiero es inmediato y comprensible: toda energía evitada de manera razonable reduce un gasto potencial. El beneficio ambiental es más amplio. Producir electricidad requiere infraestructura y recursos; cuando intervienen combustibles, también se generan emisiones. Reducir la demanda innecesaria disminuye esa presión y acompaña los esfuerzos de diversificación, modernización y transición energética.
La Agencia Internacional de Energía vincula la eficiencia con la asequibilidad, la competitividad, la seguridad energética y la reducción de emisiones. Esa relación demuestra que el ahorro doméstico no es una moda menor. Forma parte de una agenda económica y ambiental de alcance mundial, pero adquiere sentido cuando se traduce a nuestra realidad.
La República Dominicana necesita más generación, mejores redes, menos pérdidas y una ciudadanía informada. Ninguna de esas tareas excluye a las demás. La eficiencia es el punto en que la política pública, la gestión empresarial y la conducta individual pueden encontrarse.
Convirtámonos, entonces, en multiplicadores. No reenviemos un video únicamente porque nos pareció interesante; acompañémoslo con una práctica. No publiquemos un consejo que no estamos dispuestos a intentar. No esperemos que la conciencia llegue desde arriba cuando puede comenzar en nuestro hogar, nuestra oficina y nuestra comunidad.
Una ola se vuelve imparable cuando cada persona impulsa a la siguiente. Que #DominicanaEficiente no sea solamente una campaña que vimos pasar, sino una cultura que ayudamos a construir.
Recomendaciones para multiplicar la conciencia
Comparta una práctica concreta junto con su resultado o aprendizaje.
Organice retos familiares, escolares, comunitarios o laborales de corta duración.
Compare consumos antes y después sin convertir la medición en competencia humillante.
Explique siempre qué equipos pueden desconectarse y cuáles deben permanecer activos.
Incluya a niños y jóvenes mediante actividades apropiadas para su edad.
Reconozca las mejoras y convierta las buenas ideas en reglas o procedimientos.
Exija también políticas, mantenimiento, información y tecnologías que faciliten la eficiencia.
Llamado a la acción: Adopte una buena práctica, documente el cambio e invite a tres personas a repetirlo. La conciencia crece cuando se convierte en ejemplo.
Nota de transparencia: Este artículo forma parte de una campaña de concientización desarrollada en colaboración con la Superintendencia de Electricidad, bajo la iniciativa #DominicanaEficiente.













