Por Kinller Moquete
Al concluir la jornada, los trabajadores se marchan, pero en demasiadas oficinas quedan luces encendidas, acondicionadores de aire funcionando, impresoras en espera, pantallas activas, cafeteras conectadas y equipos que nadie utilizará hasta la mañana siguiente. El edificio parece vacío, pero su consumo continúa trabajando horas extras.
Esta escena no es únicamente un problema de factura. Revela una debilidad de gestión. Una organización que aspira a ser eficiente no puede limitar esa aspiración a sus informes, presupuestos o procesos sustantivos. También debe administrar con rigor los recursos que sostienen su operación cotidiana.
La energía utilizada por una institución tiene un costo financiero directo. En el sector privado, afecta los gastos operativos y la competitividad. En el sector público, compromete recursos que pertenecen a la ciudadanía y que podrían respaldar servicios, mantenimiento o inversión. En ambos casos, el desperdicio es incompatible con una cultura de responsabilidad.
Del consejo individual al protocolo institucional
Pedir a cada persona que apague la luz es útil, pero insuficiente. Cuando la eficiencia depende exclusivamente de la memoria o buena voluntad del último empleado, el sistema está mal diseñado. Las instituciones necesitan reglas claras: quién verifica cada área, qué equipos deben apagarse, cuáles deben permanecer operativos y cómo se reportan las excepciones.
Un protocolo de cierre puede ser breve. Debe incluir la revisión de iluminación, climatización, computadoras, impresoras, fotocopiadoras, cafeteras, equipos audiovisuales y otros dispositivos no esenciales. Los servidores, sistemas de seguridad, comunicaciones críticas, refrigeración especializada o equipos que ejecutan procesos nocturnos deben identificarse expresamente para evitar desconexiones perjudiciales.
La asignación de responsabilidades no debe convertirse en una carga arbitraria para una sola persona. Puede organizarse por zonas, turnos o funciones. Seguridad, mantenimiento, tecnología y responsables de área deben coordinarse. El objetivo es que el cierre eficiente forme parte del proceso normal, de la misma manera que se cierran puertas, se protegen documentos o se activa una alarma.

No todos los espacios requieren la misma energía
La zonificación es una de las prácticas más efectivas. Salas de reuniones desocupadas, archivos, pasillos con suficiente iluminación natural, almacenes y oficinas vacías no deberían recibir el mismo tratamiento que las áreas activas. Encender todo un piso para atender una tarea localizada es una forma de ineficiencia que puede corregirse con interruptores por zonas, sensores apropiados, horarios y disciplina.
La climatización merece atención especial. Los termostatos deben responder a condiciones razonables y los equipos deben apagarse cuando el espacio quedará desocupado, salvo requerimientos técnicos específicos. Mantener puertas o ventanas abiertas mientras funciona el aire acondicionado obliga al sistema a combatir continuamente el calor exterior.
Las impresoras y fotocopiadoras suelen permanecer encendidas por costumbre. Es preferible centralizar equipos cuando la operación lo permita, activar modos de ahorro y apagarlos al concluir la jornada conforme a las instrucciones del fabricante. Las computadoras deben configurarse para suspender pantallas y entrar en ahorro durante períodos de inactividad, sin sustituir por ello el apagado adecuado al final del día.
Las cafeteras eléctricas y dispensadores de agua caliente también merecen revisión. Mantener calor de manera continua para un consumo ocasional puede representar un gasto evitable. La solución puede ser tan sencilla como establecer horarios, usar temporizadores apropiados o desconectar con seguridad al cerrar.
Medir para gobernar
Toda política de eficiencia pierde fuerza si no se mide. Las organizaciones deberían comparar su consumo por mes, por área cuando sea posible y en relación con variables como ocupación, horario y condiciones climáticas. No se trata de perseguir trabajadores, sino de identificar patrones y oportunidades.
Una campaña interna puede fijar metas realistas, publicar resultados y reconocer a los equipos que propongan mejoras. El ahorro obtenido debería comunicarse no solo en dinero, sino también como evidencia de una gestión más responsable. Cuando las personas observan que su conducta produce resultados verificables, la participación deja de sentirse simbólica.
La compra pública y privada también debe incorporar criterios de eficiencia. Un equipo barato al momento de adquirirlo puede resultar costoso durante años de operación. Evaluar consumo, capacidad, mantenimiento, garantía y vida útil permite tomar decisiones con una visión de costo total.
Liderar con el ejemplo
La cultura institucional se construye a partir de lo que los líderes toleran, practican y reconocen. No es coherente exigir austeridad mientras se enfrían espacios vacíos o se mantienen edificios iluminados sin necesidad. Tampoco es razonable pedir compromiso al personal sin ofrecer mantenimiento, equipos adecuados y reglas comprensibles.
La eficiencia requiere corresponsabilidad. La alta dirección define prioridades; administración y mantenimiento crean condiciones; tecnología protege la continuidad de los servicios; y cada trabajador actúa con conciencia en su puesto. Cuando esas responsabilidades se articulan, el ahorro deja de ser una consigna y se convierte en gestión.
Al finalizar la jornada, la energía también debe descansar. Cada oficina que adopta un protocolo de cierre protege sus finanzas, reduce su impacto ambiental y transmite un mensaje de seriedad. Una institución que cuida lo pequeño demuestra que está preparada para administrar lo grande.
Recomendaciones prácticas
- Apruebe un protocolo de cierre con equipos esenciales y no esenciales claramente identificados.
- Asigne responsables por área, turno o zona y establezca un mecanismo de verificación.
- Configure computadoras, pantallas, impresoras y fotocopiadoras en modo de ahorro.
- Apague iluminación y climatización en espacios desocupados.
- Revise el uso continuo de cafeteras y otros equipos de calentamiento.
- Compare el consumo mensual con la ocupación, los horarios y las condiciones climáticas.
- Incluya eficiencia, mantenimiento y costo de operación en las decisiones de compra.
- Comunique resultados y reconozca las propuestas de mejora del personal.
Proponga en su lugar de trabajo una lista de cierre de cinco minutos. Una oficina puede convertirse en multiplicadora cuando transforma el consejo en procedimiento.
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Nota de transparencia: Este artículo forma parte de una serie de artículos de opinión en apoyo a la campaña de concientización en apoyo a la iniciativa #DominicanaEficiente.















