A través de una alegoría sobre una casa construida para el bien común, García describe lo que llama «las termitas del liderazgo»: personas que sonríen en las reuniones, felicitan iniciativas y mantienen una imagen de cordialidad, pero que en conversaciones privadas siembran dudas, retienen información y alimentan divisiones sin asumir responsabilidad directa por los conflictos.
«No siempre destruye una casa quien golpea sus paredes», escribe García, citando la voz del anciano de su relato. «A veces la debilitan quienes impiden repararlas, quienes convencen a los demás de que no vale la pena trabajar juntos y quienes confunden la amabilidad con la lealtad».
Obstrucción sin confrontación abierta
La dirigente del PRM, quien además es Directora Nacional de Planificación, señala que estas conductas se expresan de manera específica: compromisos incumplidos, información que se retiene, decisiones que se dilatan sin justificación y críticas que nunca vienen acompañadas de alternativas. Repetidas en el tiempo, advierte, estas prácticas erosionan la confianza y frenan el trabajo colectivo.
García establece una distinción importante: discrepar no equivale a deslealtad, y ser reservado no convierte a nadie en una persona deshonesta. Los equipos, sostiene, necesitan voces críticas capaces de identificar riesgos y proponer mejoras. El problema, precisa, aparece cuando la objeción deja de buscar soluciones y se convierte en una forma sistemática de obstrucción.
El liderazgo más allá de las apariencias
Para García, el liderazgo no puede juzgarse únicamente por las apariencias. Requiere observar los hechos, verificar la información, establecer responsabilidades y evaluar resultados. También exige, añade, crear una cultura en la que las diferencias se expresen con honestidad y los compromisos se cumplan, de modo que nadie pueda utilizar las relaciones personales para obstaculizar el propósito colectivo.
«La amabilidad es una virtud, pero no sustituye la responsabilidad», escribe la dirigente. «La verdadera disposición a colaborar se demuestra en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace».
La reflexión concluye con una advertencia sobre el costo organizacional de no atender estas dinámicas: ninguna organización puede avanzar si dedica más energía a administrar sus divisiones que a cumplir su propósito. Y ninguna institución, por sólidos que sean sus cimientos, permanecerá en pie si quienes deben cuidarla ignoran aquello que la debilita desde dentro.















