Por Mayrelin García
Cuentan que en un pueblo se construyó una casa para que varias familias pudieran reunirse, trabajar y sacar adelante proyectos comunes. Sus cimientos eran sólidos y cada persona tenía una responsabilidad. Todos parecían compartir el mismo propósito: hacer crecer aquella casa.
Sin embargo, algunos habían aprendido a debilitarla sin tocar sus paredes.
Nunca se oponían abiertamente a una propuesta. Sonreían en las reuniones, felicitaban a quienes tomaban la iniciativa y tenían palabras amables para todos. Pero, cuando las reuniones terminaban, comenzaba otra historia.
En conversaciones separadas, sembraban dudas, cuestionaban las intenciones de sus compañeros y transmitían versiones distintas de una misma situación. Si alguien proponía una solución, encontraban razones para posponerla. Si otro conseguía un resultado, insinuaban que buscaba protagonismo. Y si un proyecto fracasaba, siempre encontraban a quién atribuirle la culpa.
Nadie los vio derribar una pared. Nadie los escuchó declarar que querían destruir la casa. Sin embargo, mientras todos se concentraban en las tareas visibles, las termitas avanzaban por dentro.
Con el tiempo, la confianza desapareció, los más comprometidos se cansaron y las iniciativas perdieron fuerza. Las reuniones continuaban, las sonrisas permanecían, pero cada vez había menos colaboración y menos resultados.
Un día, alguien preguntó quién había destruido aquella casa.
El anciano que había ayudado a construirla respondió:
—No siempre destruye una casa quien golpea sus paredes. A veces la debilitan quienes impiden repararlas, quienes convencen a los demás de que no vale la pena trabajar juntos y quienes confunden la amabilidad con la lealtad. La casa comenzó a caer cuando sus habitantes dejaron de confiar unos en otros.
En las organizaciones ocurre algo parecido. Las termitas del liderazgo no siempre se manifiestan mediante enfrentamientos abiertos. A veces aparecen en compromisos incumplidos, información que se retiene, decisiones que se dilatan sin justificación y críticas que nunca vienen acompañadas de alternativas. Son conductas que, repetidas en el tiempo, erosionan la confianza y frenan el trabajo colectivo.
Hay quienes no construyen, pero tampoco permiten que otros lo hagan. Cuestionan cada iniciativa, evitan asumir responsabilidades y, sin embargo, siempre encuentran razones para señalar las deficiencias ajenas. No necesariamente protagonizan los conflictos; en ocasiones, su mayor influencia consiste en alimentarlos discretamente mientras conservan una imagen de cordialidad ante todos.
Conviene aclarar que discrepar no es deslealtad, así como ser reservado o evitar confrontaciones no convierte a nadie en una persona deshonesta. Los equipos necesitan voces críticas que identifiquen riesgos y propongan mejoras. El problema aparece cuando la objeción deja de buscar soluciones y se convierte en una forma sistemática de obstrucción.
Por eso, el liderazgo no puede juzgarse únicamente por las apariencias. Requiere observar los hechos, verificar la información, establecer responsabilidades y evaluar resultados. También exige crear una cultura en la que las diferencias se expresen con honestidad, los compromisos se cumplan y nadie pueda utilizar las relaciones personales para obstaculizar el propósito colectivo.
La amabilidad es una virtud, pero no sustituye la responsabilidad. La verdadera disposición a colaborar se demuestra en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Hay personas que no necesitan enfrentarse abiertamente a un proyecto para debilitarlo. Les basta con sembrar dudas, enfriar voluntades y convertir la cooperación en desconfianza. Por eso, el verdadero liderazgo no consiste en sospechar de todo el mundo, sino en garantizar que los hechos pesen más que las apariencias, la responsabilidad más que el discurso y los resultados más que las intrigas.
Ninguna organización puede avanzar si dedica más energía a administrar sus divisiones que a cumplir su propósito. Y ninguna casa, por sólidos que sean sus cimientos, permanecerá en pie si quienes deben cuidarla ignoran aquello que la debilita desde dentro.













