Por Kinller Moquete
Hay facturas que llegan como una sorpresa y otras que, en realidad, son la suma silenciosa de hábitos repetidos durante todo el mes. Una luz encendida sin necesidad, una nevera que se abre una y otra vez, una lavadora utilizada para pocas piezas, un televisor que permanece activo en una habitación vacía o un equipo defectuoso que trabaja más de lo debido parecen hechos menores. Sin embargo, cuando se convierten en rutina, dejan de ser insignificantes y pasan a ocupar un lugar real en el presupuesto familiar.
La energía eléctrica es inseparable de la vida moderna. Ilumina nuestros hogares, conserva los alimentos, permite estudiar y trabajar, facilita la comunicación y aporta bienestar. Precisamente por su importancia, no deberíamos relacionarnos con ella desde la indiferencia. El consumo responsable no es una invitación a renunciar al confort ni a regresar a formas de vida menos dignas. Es, por el contrario, una expresión de inteligencia doméstica, prudencia financiera y responsabilidad social.
La campaña Dominicana Eficiente, impulsada por la Superintendencia de Electricidad, plantea una idea sencilla y poderosa: la eficiencia comienza con decisiones cotidianas. Esta visión coincide con el enfoque internacional que entiende la eficiencia energética como una herramienta para mejorar la asequibilidad, la competitividad, la seguridad energética y la reducción de emisiones. En otras palabras, usar mejor la energía no es un asunto marginal; es una de las formas más inmediatas de obtener más bienestar con menos desperdicio.
El ahorro comienza por conocer el consumo
La primera buena práctica consiste en dejar de mirar únicamente el monto final de la factura y comenzar a observar también los kilovatios-hora consumidos. El valor monetario puede variar por tarifas, cargos, subsidios u otros factores. El consumo, en cambio, permite comparar nuestros propios hábitos de un mes a otro. Una familia que registra y conversa sobre esa evolución está en mejores condiciones de detectar aumentos inusuales y corregirlos.
Conviene hacer un recorrido por la vivienda e identificar qué equipos permanecen encendidos, cuáles se utilizan con mayor frecuencia y cuáles presentan señales de deterioro. Una instalación defectuosa o un electrodoméstico en mal estado no solo puede elevar el consumo: también puede convertirse en un riesgo para la seguridad. El mantenimiento preventivo, por tanto, protege simultáneamente el bolsillo, los bienes y la integridad de quienes habitan el hogar.
La iluminación ofrece un punto de partida accesible. Aprovechar la luz natural, apagar los espacios desocupados y sustituir gradualmente las lámparas menos eficientes por tecnología LED reduce el consumo sin sacrificar visibilidad. No se trata de oscurecer la casa, sino de iluminarla cuando y donde sea necesario.
La nevera exige especial disciplina porque trabaja durante todo el día. Abrirla repetidamente o mantener su puerta abierta más tiempo del indispensable obliga al sistema a recuperar la temperatura perdida. También es importante verificar el estado de los sellos, evitar introducir alimentos calientes y dejar espacio suficiente para la circulación del aire, siguiendo siempre las indicaciones del fabricante.
En el lavado y el planchado, la organización produce ahorro. Acumular una carga adecuada reduce la cantidad de ciclos de lavadora. Reunir la ropa para planchar evita calentar el equipo varias veces; empezar por las telas que requieren mayor temperatura y aprovechar el calor residual para prendas delicadas convierte una tarea rutinaria en una práctica más eficiente.

Un peso desperdiciado sigue siendo un peso perdido
Algunas personas desestiman estas acciones porque cada una, observada de manera aislada, parece tener un efecto pequeño. Esa apreciación olvida dos realidades. La primera es la acumulación: el desperdicio se repite durante horas, días y meses. La segunda es el efecto multiplicador: una práctica adoptada por miles de hogares puede reducir una cantidad considerable de demanda.
En un contexto en el que los alimentos, la educación, la salud, el transporte y la vivienda compiten por los ingresos familiares, toda reducción razonable de un gasto evitable merece atención. Ahorrar electricidad no resolverá por sí solo las presiones económicas de una familia, pero sí puede liberar recursos para otras prioridades y fortalecer una cultura de administración responsable.
La disciplina energética también educa. Cuando un niño aprende a apagar la luz al salir, cuando un adolescente desconecta un cargador que ya no utiliza o cuando los adultos conversan sobre la factura sin convertirla en motivo de conflicto, el hogar transmite una lección de ciudadanía: los recursos tienen valor y su cuidado produce consecuencias.
El beneficio ambiental de una decisión doméstica
La electricidad que llega a nuestros hogares debe ser generada, transportada y distribuida. Una parte importante de esa generación todavía depende de combustibles, cuya extracción y uso tienen efectos ambientales. Por ello, evitar consumos innecesarios ayuda a disminuir la presión sobre el sistema y contribuye, junto con otras políticas e inversiones, a reducir emisiones y conservar recursos.
Sería injusto trasladar toda la responsabilidad ambiental al consumidor. La transición energética requiere planificación pública, regulación, redes confiables, inversiones, tecnologías eficientes y una mayor participación de fuentes renovables. Pero reconocer esa responsabilidad institucional no elimina la que corresponde a cada ciudadano. Ambas deben avanzar juntas.
La energía más barata y menos contaminante es, muchas veces, aquella que no tuvimos que desperdiciar. Hagamos de la factura eléctrica una herramienta de aprendizaje. Revisemos nuestros hábitos, fijemos una meta familiar, comparemos el consumo y compartamos los resultados. No basta con recibir un consejo; debemos convertirlo en costumbre.
El ahorro energético no debe sentirse como una privación, sino como una forma serena de gobernar la casa. Cada interruptor apagado a tiempo, cada equipo bien utilizado y cada avería corregida expresan respeto por el trabajo que sostiene el presupuesto familiar y por el país que todos estamos llamados a cuidar.
Recomendaciones prácticas
- Compare mensualmente los kilovatios-hora consumidos, no solo el monto facturado.
- Aproveche la luz natural y apague las áreas desocupadas.
- Sustituya progresivamente las luminarias menos eficientes por tecnología LED.
- Use la lavadora con una carga adecuada y organice el planchado en una sola sesión.
- Reduzca la apertura innecesaria de la nevera y revise el estado de sus sellos.
- Atienda averías, cables deteriorados y equipos que funcionen de manera anormal.
- Establezca una meta familiar de ahorro y revise los resultados cada mes.
Elija hoy una práctica, conviértala en hábito y compártala con otra persona. La eficiencia se multiplica cuando el ejemplo deja de ser privado.
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Nota de transparencia: Este artículo forma parte de una seria de escritos de concientización desarrollada en apoyo a la iniciativa #DominicanaEficiente.















