Artículo de Carlos Javier Mota, psicólogo clínico.
En las últimas décadas, la práctica clínica ha experimentado un viraje sutil pero profundo en los motivos de consulta. Si bien los manuales diagnósticos siguen categorizando los trastornos del estado de ánimo a través de correlatos sintomáticos estandarizados, la experiencia en consulta revela una realidad subyacente de naturaleza distinta. Nos enfrentamos a una epidemia silenciosa de disolución del significado. Una peligrosa falta de sentido.
El malestar psíquico actual se ha desplazado de los conflictos neuróticos clásicos descritos a inicios del siglo XX hacia lo que Viktor Frankl denominó la “neurosis noógena” o vacío existencial. En mi consulta, es habitual recibir pacientes que manifiestan una parálisis volitiva y una profunda apatía que no encajan estrictamente en los criterios de una depresión mayor unipolar, sino en una desorientación ontológica.
Este incremento no es casual. La velocidad de los cambios socioeconómicos y la fragmentación de las estructuras comunitarias tradicionales han dejado al individuo desprovisto de los marcos de referencia que históricamente ordenaban la existencia. La pérdida de narrativas colectivas ha depositado la responsabilidad total de la creación de significado sobre los hombros del sujeto. Y esta hiper-individualización, lejos de liberar al ser humano, suele generar un peso intolerable y
una desorientación profunda al carecer de un vector claro hacia dónde dirigir las acciones cotidianas.
Una de las paradojas más frecuentes que vemos en consulta, es el consultante que ha alcanzado los estándares normativos del éxito; estabilidad económica, reconocimiento profesional, una red social activa y, sin embargo, reporta una persistente sensación de vacío.
Filosofías como el estoicismo, clasifica los elementos como el dinero, la fama o el estatus bajo la categoría de indiferentes preferibles: variables externas que es razonable preferir, pero que carecen de valor moral intrínseco y no poseen la capacidad de estructurar la psique humana.
La cultura digital y las redes sociales operan mediante un mecanismo de reforzamiento intermitente que exacerba esta confusión. Estimulan la dopamina a través de la validación externa y la comparación constante, construyendo una identidad basada en la apariencia y el consumo. Cuando el individuo deposita su locus de control en estas variables externas (lo que Epicteto definiría como las cosas que no dependen de nosotros), el yo se vuelve extremadamente vulnerable. El éxito material satura los sentidos, pero deja intacta la necesidad de un propósito trascendente, generando una disonancia que se experimenta como un vacío interior crónico.
Las manifestaciones conductuales y fenomenológicas de este estado suelen seguir un patrón identificable:
● Rumiación ontológica: El pensamiento se vuelca de manera obsesiva hacia preguntas sobre el valor de la existencia, la inevitabilidad de la muerte y la aparente futilidad del esfuerzo humano.
● Abulia y desgana selectiva: A diferencia de la apatía biológica, la persona conserva la capacidad física para actuar, pero carece de un “para qué” que justifique el gasto energético de la acción.
● Sensación de despersonalización o alienación: El paciente describe sentirse como un observador ajeno de su propia vida, ejecutando roles laborales o familiares de manera automática, como un actor que recita un guion en el que ya no cree.
● Embotamiento afectivo ante el logro: La consecución de metas previamente deseadas ya no produce la gratificación esperada, lo que intensifica la desesperanza al eliminar la expectativa de un bienestar futuro tras el esfuerzo.
La soledad contemporánea excede la definición de aislamiento físico; se trata de una soledad relacional y existencial. El individuo puede estar rodeado de estímulos y conexiones digitales, pero carece de vínculos de interdependencia significativos.
El ser humano evolucionó en contextos de cooperación donde el rol de cada miembro era vital para la supervivencia del grupo, lo que otorgaba un sentido biológico y social inmediato. En la sociedad hiperconectada pero desvinculada, la falta de un rol claro hacia los demás disuelve la utilidad percibida de la propia vida.
Desde la perspectiva psicoterapéutica, la desesperanza se instala cuando el paciente concluye que su sufrimiento actual no tiene un fin útil. Cuando el sufrimiento se despoja de esta posibilidad de aprendizaje y se percibe como un evento puramente azaroso y cruel, la estructura psíquica se quiebra, elevando drásticamente los índices de ansiedad y riesgo suicida.
Un motivo de consulta central en la madurez de la vida es la queja de haber perdido la capacidad de disfrutar de las actividades que antes resultaban placenteras. Clínicamente, es fundamental distinguir entre la anhedonia melancólica (vinculada a la neurobiología de la depresión) y lo que podemos llamar anhedonia existencial.
Esta última se produce cuando el marco conceptual del individuo cambia. Si una persona dedicó años de su vida a la acumulación de bienes o al ascenso corporativo bajo la premisa de que allí encontraría la plenitud, el momento en que se desmitifica esa creencia altera su percepción del entorno. Las actividades de ocio, los viajes o las interacciones que antes servían como distractores eficientes pierden su efecto anestésico.
La pérdida del disfrute es, habitualmente, el síntoma de que el sistema de valores previo ha caducado. El cerebro del paciente rechaza las recompensas superficiales porque la psique está demandando una actualización hacia metas intrínsecas, vinculadas al desarrollo del carácter, la autosuficiencia mental y la contribución al tejido común.
El abordaje de estos estados en la psicoterapia de orientación profunda no pasa por ofrecer
consuelos efímeros ni por fomentar un optimismo ingenuo. Implica acompañar al consultante en
la aceptación de la realidad tal como es, entrenando la atención para distinguir entre lo que puede controlar; sus juicios, sus elecciones, su postura ante el dolor y lo que no, permitiendo que el sentido emerja no como un objeto que se encuentra, sino como una actitud que se decide adoptar ante las circunstancias de la existencia.
Carlos Javier Mota, Psicólogo Clínico
Centro Integral Lotus
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@lotuscentrointegral















