Bajo el discurso de seguridad nacional, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE. UU. ha ejecutado políticas que incluyen separación de familias, detención de niños y muertes bajo custodia sin consecuencias judiciales claras.
En el discurso oficial de Estados Unidos, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) se presenta como una agencia encargada de “hacer cumplir la ley” y “proteger la seguridad nacional”. En la práctica, su historial reciente cuenta otra historia: redadas indiscriminadas, separación de familias, detenciones de niños y muertes que rara vez tienen consecuencias legales.
El debate migratorio suele reducirse a consignas simples —“fronteras seguras”, “ley y orden”, “inmigración ilegal”— que ocultan una realidad profundamente violenta. Este artículo no busca romantizar la migración ni negar la existencia de leyes, sino cuestionar a quién se le aplica la ley con brutalidad y a quién se le concede indulgencia.
Porque cuando el Estado decide que ciertas personas valen menos, la frontera deja de ser una línea geográfica y se convierte en una excusa moral.
Durante años, ICE ha operado bajo una lógica de guerra: enemigos internos, operativos sorpresa, fuerza desproporcionada y cero rendición de cuentas. Pero el “enemigo” no son criminales peligrosos. Son trabajadores, madres, padres y niños cuyo único delito es existir sin el permiso correcto.
La separación de familias como política, no como accidente
La separación de familias no fue un error administrativo ni una consecuencia no deseada. Fue —y sigue siendo— una herramienta de disuasión. Arrancar a niños de los brazos de sus padres envía un mensaje claro: migrar tiene un precio emocional que el Estado está dispuesto a cobrar.
Niños enviados a centros de detención, a hogares temporales, a sistemas que no entienden su idioma ni su trauma. Padres deportados sin saber dónde están sus hijos. Familias rotas no por decisiones individuales, sino por una política que convirtió el dolor en estrategia.
Llamarlo “cumplimiento de la ley” es una forma elegante de evitar decir lo que realmente es: castigo colectivo.
Niños arrestados, infancia criminalizada
ICE ha detenido menores de edad como si fueran amenazas a la seguridad nacional. Niños esposados. Interrogados sin abogados. Encerrados en instalaciones que se parecen más a cárceles que a refugios.
La narrativa oficial insiste en que se trata de “protección” o “custodia temporal”. Pero cuando un niño pasa noches tras rejas, lejos de su familia, bajo vigilancia armada, no estamos hablando de protección. Estamos hablando de criminalizar la infancia.
Un país que encierra niños para sostener un discurso político no está defendiendo la ley: está sacrificando principios básicos de humanidad.
Cuando ICE mata… y nadie responde
Una de las verdades más incómodas es también una de las menos discutidas: ICE ha sido responsable de muertes, incluyendo la muerte de ciudadanos estadounidenses. Personas detenidas por error. Personas con condiciones médicas ignoradas. Personas que murieron bajo custodia del Estado sin que nadie fuera responsabilizado.
En otros contextos, esto provocaría investigaciones exhaustivas, juicios, condenas. En el contexto migratorio, suele haber silencio, archivos cerrados y comunicados ambiguos. La vida pierde valor cuando el estatus migratorio se convierte en una mancha moral.
La pregunta no es si ICE se equivoca. La pregunta es por qué sus errores casi nunca tienen consecuencias.
La migración como chivo expiatorio
ICE no existe en el vacío. Funciona dentro de un sistema que necesita culpables visibles para problemas estructurales invisibles: desigualdad, precariedad laboral, crisis de vivienda, sistemas de salud colapsados.
En lugar de señalar a empresas que explotan mano de obra indocumentada, se persigue al trabajador. En lugar de cuestionar políticas exteriores que generan desplazamientos masivos, se castiga al desplazado. El miedo al migrante es útil: divide, distrae y moviliza votos.
No es casualidad que el discurso antiinmigrante se intensifique en épocas electorales. El migrante es el enemigo perfecto: vulnerable, visible y con pocos mecanismos de defensa.
No es seguridad, es poder
ICE no protege comunidades; las traumatiza. No fortalece la ley; la selectiviza. No garantiza justicia; la administra según conveniencia política.
Cuando un Estado decide que puede separar familias, encerrar niños y matar sin rendir cuentas, el problema ya no es migratorio. Es democrático. Es ético. Es humano.
Migrar no es un crimen.
Pero en Estados Unidos, ser migrante se castiga como si lo fuera.
















