Por Wander Rafael Morales Feliz
Las ciudades necesitan desarrollarse. Necesitan mejores carreteras, sistemas de transporte eficientes, nuevas vías de comunicación y obras que permitan conectar comunidades, generar oportunidades y mejorar la calidad de vida.
El desarrollo de la infraestructura es, sin dudas, una necesidad para cualquier sociedad que aspire a crecer.
Pero hay una pregunta que pocas veces aparece en los planos, en los presupuestos o en los informes técnicos:
¿Qué ocurre con las personas que deben entregar su hogar para que una obra pueda construirse?
Una autopista puede representar progreso para miles de personas. Puede reducir el tiempo de traslado, conectar comunidades y dinamizar la economía. Sin embargo, para una familia cuya casa debe ser demolida, esa misma obra puede representar el final de una etapa de vida.
Y cuando en ese hogar hay niños, adolescentes o jóvenes, el impacto puede ser mucho más profundo de lo que podemos imaginar.
Una casa no es solamente una construcción
Para un adulto, una vivienda puede representar una propiedad, una inversión o un patrimonio.
Para un niño, puede representar su mundo.
Es allí donde aprendió a caminar, donde celebró sus cumpleaños, donde recibió sus primeras enseñanzas, donde conoció a sus vecinos, donde jugó con sus amigos y donde construyó buena parte de sus primeros recuerdos.
La psicología ambiental ha estudiado durante décadas la relación entre las personas y los lugares donde viven. El psicólogo Harold Proshansky desarrolló el concepto de identidad de lugar, planteando que los espacios donde vivimos participan en la construcción de nuestra identidad.
Esto nos obliga a mirar una demolición desde otra perspectiva.
Cuando desaparece una casa, no necesariamente desaparecen solamente paredes, puertas y ventanas.
También puede desaparecer el escenario físico de una parte de la historia de una familia.
¿Qué siente un niño cuando desaparece su mundo?
Imaginemos a un niño que durante años ha vivido en la misma casa.
Desde su ventana conoce el árbol de la esquina. Sabe dónde vive su mejor amigo. Conoce el camino hacia la escuela. Tiene un lugar donde juega todas las tardes. Reconoce a los vecinos y sabe quién puede ayudar a su familia si alguna emergencia ocurre.
De repente, los adultos le explican que todo eso desaparecerá porque allí se construirá una autopista.
Para un ingeniero puede ser el trazado de una vía.
Para un funcionario puede ser un proyecto de infraestructura.
Para una familia puede ser una expropiación.
Pero para un niño puede significar que el mundo que conocía dejará de existir.
La teoría ecológica del desarrollo humano de Urie Bronfenbrenner nos ayuda a comprender que el desarrollo de un niño no ocurre de manera aislada. Familia, escuela, amigos, comunidad y entorno físico forman parte de un sistema que influye en su crecimiento.
Por eso, cuando se modifica radicalmente ese entorno, también pueden alterarse las condiciones en las que ese niño se desarrolla.
El adolescente pierde algo más que una dirección
En la adolescencia, el problema puede adquirir otra dimensión.
El adolescente comienza a construir con mayor fuerza su identidad, su autonomía y su sentido de pertenencia.
El barrio puede ser su espacio de socialización. Allí están sus amigos, sus actividades deportivas, sus vecinos y buena parte de sus relaciones.
Una mudanza forzada puede significar cambiar de escuela, separarse de amistades, perder espacios de recreación y comenzar nuevamente en un entorno desconocido.
Y si, además, la familia pasa de una vivienda digna a una vivienda de condiciones inferiores, aparece un elemento todavía más delicado:
la percepción de pérdida.
El adolescente puede recordar cómo vivía antes y compararlo con su nueva realidad.
Puede preguntarse:
¿Por qué nuestra familia tuvo que perder esto?
El joven también paga un costo
En el caso de los jóvenes, las consecuencias pueden extenderse hacia otras áreas.
Si la nueva vivienda queda lejos de la universidad, del trabajo, del transporte público o de sus redes sociales, el desplazamiento puede convertirse en una pérdida de oportunidades.
Por eso, no debemos pensar únicamente en la reubicación física de una familia.
Hay que preguntarse si también estamos desplazando sus oportunidades.
Una familia puede recibir una nueva vivienda y, sin embargo, perder acceso a educación, empleo, transporte, amistades y redes comunitarias.
Eso demuestra que reubicar una casa no necesariamente significa reubicar una vida.
El “shock” del desarraigo
La psiquiatra y profesora Mindy Thompson Fullilove ha utilizado el concepto de “root shock” para explicar el impacto psicológico y social que puede producir la destrucción de comunidades y el desplazamiento de sus habitantes.
El concepto permite comprender algo fundamental: las personas desarrollan vínculos con los lugares donde viven.
No solamente conocemos físicamente nuestro entorno.
Lo incorporamos a nuestra memoria, nuestras relaciones y nuestra identidad.
Por eso, cuando ese entorno desaparece de manera abrupta, puede producirse una sensación de pérdida que no siempre puede solucionarse con una compensación económica.
Una casa puede tener un precio.
Un hogar tiene un valor emocional que no siempre aparece en una tasación.
El desarrollo no debe perder su rostro humano
Nada de esto significa que debamos oponernos a las grandes obras de infraestructura.
Todo lo contrario.
Necesitamos construir.
Necesitamos modernizar nuestras ciudades.
Necesitamos mejores carreteras, puentes, sistemas de transporte y espacios públicos.
Pero precisamente porque necesitamos desarrollarnos, debemos aprender a hacerlo de una manera más humana.
Una obra pública no debería evaluarse solamente por su costo, sus kilómetros de construcción o la cantidad de vehículos que podrá movilizar.
También deberíamos preguntarnos:
¿Qué ocurre con las familias desplazadas?
¿Dónde vivirán los niños?
¿Podrán continuar en su escuela?
¿Qué pasará con sus amigos y sus redes comunitarias?
¿La nueva vivienda tendrá condiciones iguales o mejores?
¿Qué impacto tendrá el cambio en los adolescentes y jóvenes?
Estas preguntas no deberían ser consideradas obstáculos al desarrollo.
Son parte del desarrollo.
Construir sin olvidar a quienes dejan atrás su hogar
El verdadero progreso no puede medirse únicamente por lo que somos capaces de construir.
También debe medirse por nuestra capacidad de proteger la dignidad de quienes hacen posible esa construcción.
Una autopista puede conectar ciudades.
Una avenida puede transformar una comunidad.
Una obra puede generar empleo y oportunidades.
Pero ninguna de esas conquistas debería hacernos olvidar que detrás de cada vivienda demolida existe una historia.
Y dentro de muchas de esas historias hay niños que no eligieron ser desplazados, adolescentes que no decidieron abandonar su entorno y jóvenes que tendrán que reconstruir parte de sus vidas en otro lugar.
Por eso, cuando planifiquemos nuestras ciudades, debemos pensar no solamente en el territorio que queremos transformar, sino también en las personas que lo habitan.
Construyamos carreteras que acerquen a las personas. Construyamos ciudades que generen oportunidades. Construyamos infraestructura que represente progreso.
Pero hagámoslo sin olvidar una verdad esencial:
«El desarrollo verdaderamente humano es aquel que transforma el territorio sin destruir la dignidad de quienes viven en él.»
Porque una carretera puede cambiar el mapa de una ciudad.
Pero para un niño, la destrucción de su hogar puede cambiar para siempre el mapa de su vida.
Artículo de opinión por Wander Rafael Morales Feliz













