La falta de una postura firme de República Dominicana frente a la crisis cubana abre cuestionamientos sobre liderazgo y principios.
Un silencio que pesa
Mientras Cuba enfrenta una de sus etapas más difíciles en décadas, con escasez, presión internacional y una creciente tensión interna, muchos países han optado por el silencio.
Pero no todos los silencios son iguales.
Algunos son prudencia. Otros, cálculo político.
Y en el caso dominicano, la pregunta es inevitable: ¿es cautela… o conveniencia?
Más aún cuando, en paralelo, otros actores internacionales han decidido asumir un rol más visible, ya sea mediante el envío de ayuda humanitaria o posicionamientos más claros frente a la crisis. Esa diferencia de respuestas no pasa inadvertida… y también redefine quién está dispuesto a actuar y quién prefiere observar.
El factor Trump
No es un secreto que el contexto internacional está marcado por la influencia de Estados Unidos y, particularmente, por la línea dura del presidente Donald Trump, bajo cuya administración se reforzaron medidas que endurecieron significativamente la presión económica sobre Cuba.
En ese escenario, muchos gobiernos han preferido no incomodar a Washington.
Pero eso tiene un costo.
Porque cuando la política exterior se define en función del miedo a perder favores, deja de ser una política soberana… y se convierte en una estrategia de alineamiento.
Para un país como República Dominicana, cuya economía depende en gran medida del comercio, la inversión extranjera y el turismo vinculado a Estados Unidos, esa decisión puede parecer lógica.
Pero que sea comprensible no la hace incuestionable.
Abinader y la ausencia de liderazgo
El presidente Luis Abinader ha construido una imagen de estabilidad y prudencia en la política internacional.
Sin embargo, hay momentos en los que la prudencia deja de ser virtud y se convierte en omisión.
Este es uno de ellos.
No se trata de intervenir en los asuntos internos de Cuba, sino de asumir una posición clara frente a una crisis humanitaria que ya trasciende lo interno y se convierte en un asunto regional.
Y hasta ahora, esa posición no se ha traducido en acciones ni en un liderazgo visible.
El costo de no decir nada
El problema no es solo lo que se hace.
Es lo que no se hace.
República Dominicana ha optado por no liderar, no incomodar y no exponerse. Pero esa neutralidad tiene implicaciones.
Porque en política internacional, el silencio también comunica.
Y lo que está comunicando hoy es falta de iniciativa.
Mientras algunos países envían insumos, combustible o apoyo directo en medio de la crisis, la ausencia de acciones concretas por parte del Estado dominicano refuerza una imagen de pasividad difícil de ignorar.
¿Y si fuera al revés?
La reflexión es simple, pero incómoda.
Si República Dominicana estuviera atravesando una crisis similar, ¿aceptaríamos que nuestros vecinos guardaran silencio?
¿Nos bastaría con que “no se metan”?
Probablemente no.
Esperaríamos solidaridad, acompañamiento, incluso presión internacional si fuera necesario.
Entonces, ¿por qué no ofrecer lo mismo?
Más que diplomacia, principios
La política exterior no puede ser solo una ecuación de conveniencia.
También es una declaración de valores.
Y en este caso, el Gobierno dominicano ha optado por una posición que evita conflictos… pero también evita compromiso.
Una oportunidad perdida
Este pudo ser un momento para que República Dominicana asumiera un rol más activo en el Caribe.
Para mostrar liderazgo.
Para demostrar que la región puede actuar con independencia.
Pero en lugar de eso, lo que vemos es una postura que prioriza el equilibrio… aun cuando ese equilibrio implica mirar hacia otro lado.
El país que queremos ser
La crisis en Cuba no es solo una noticia internacional.
Es una prueba.
Una prueba de qué tipo de país queremos ser: uno que actúa solo cuando le conviene… o uno que responde cuando alguien lo necesita.
Porque al final, la verdadera política exterior no se mide en declaraciones… sino en decisiones.
Y en este caso, la decisión ha sido clara: no incomodar.
















