Durante décadas, la investigación médica se centró en el cuerpo masculino, dejando brechas en el diagnóstico y tratamiento de enfermedades que afectan a millones de mujeres.
Durante gran parte del siglo XX, el “paciente estándar” en la investigación médica fue masculino. Los ensayos clínicos excluían sistemáticamente a mujeres en edad fértil por temor a riesgos reproductivos, lo que provocó que muchos medicamentos y protocolos se diseñaran en función de la fisiología masculina.
No fue hasta 1993 que los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos exigieron formalmente la inclusión de mujeres en estudios financiados con fondos públicos. Antes de eso, millones de tratamientos fueron probados mayoritariamente en hombres.
Las consecuencias han sido profundas.
Enfermedades como la endometriosis pueden tardar entre 7 y 10 años en diagnosticarse. El Síndrome de Ovario Poliquístico (SOP) afecta a aproximadamente una de cada diez mujeres en edad reproductiva, pero durante décadas fue subestimado y mal comprendido. El dolor pélvico crónico, históricamente catalogado como “psicosomático”, es otro ejemplo de una condición minimizada.
Mientras tanto, áreas como la alopecia masculina han recibido inversiones multimillonarias, impulsadas por la industria cosmética y farmacéutica.
La brecha no solo ha sido económica, sino epistemológica: el dolor femenino fue trivializado, las variaciones hormonales consideradas “complicaciones” y no variables biológicas relevantes.
Hoy, la medicina con enfoque de género busca corregir ese sesgo histórico, promoviendo investigación diferenciada, análisis por sexo biológico y políticas públicas basadas en evidencia inclusiva.
Reconocer la deuda no implica desacreditar a la ciencia, sino fortalecerla. La equidad en investigación no es un tema ideológico, sino un asunto de calidad científica y justicia sanitaria












