El observatorio Swift, lanzado el 20 de noviembre de 2004, llevaba más de dos décadas estudiando los estallidos de rayos gamma y supernovas, algunas de las explosiones más energéticas del universo. La intensificación de la actividad solar en los últimos años aceleró la pérdida de altitud del aparato más rápido de lo previsto, comprometiendo su estabilidad orbital.
A fines de octubre, el telescopio se encontraba a una altura demasiado baja para mantener observaciones estables, por lo que sus sistemas fueron apagados. Desde entonces, el destino del Swift quedó sellado.
El rescate que no pudo ser
La NASA intentó salvar la misión con el lanzamiento de la nave LINK, enviada al espacio un mes antes de agosto para elevar la órbita del telescopio. Sin embargo, la nave sufrió fallos técnicos que no pudieron corregirse y solo logró acercarse a entre 12 y 15 kilómetros del Swift, una distancia insuficiente para completar la maniobra.
Ante la imposibilidad de rectificar la situación, la agencia espacial canceló formalmente la misión de rescate en agosto. A partir de ese momento, el telescopio continuó descendiendo de forma inevitable hacia la atmósfera terrestre.
¿Qué llegará a la superficie?
La Fuerza Espacial de Estados Unidos prevé que la mayor parte del aparato, con un peso total de 1,5 toneladas, se desintegrará durante el reingreso atmosférico. No obstante, ciertos componentes fabricados con tungsteno —un metal más denso que el plomo— y algunos fragmentos de sus espejos tienen probabilidades de sobrevivir la fricción y alcanzar la superficie.
Las estimaciones actuales apuntan a que los restos caerán en el océano alrededor del próximo viernes o en fechas cercanas, aunque la trayectoria exacta no se ha determinado con precisión. Las autoridades no han emitido alertas de riesgo para poblaciones terrestres.
21 años de descubrimientos
A pesar de su caída, el legado científico del Swift es considerable. El observatorio fue diseñado específicamente para detectar y estudiar los estallidos de rayos gamma, fenómenos que iluminan el origen de los agujeros negros y la historia temprana del universo.
Su capacidad de respuesta rápida lo convirtió en uno de los primeros respondedores de la astronomía moderna, alertando a observatorios de todo el mundo sobre eventos cósmicos fugaces. La misión contribuyó además al avance de la astronomía multimensajera, disciplina que combina distintos tipos de señales del cosmos para construir una imagen más completa del universo.
Los datos recopilados durante más de 21 años de operación seguirán disponibles para la comunidad científica, con potencial para nuevos descubrimientos durante años venideros.












