Por: Wander Morales.
Cuando dejamos de educarnos en ciudadanía, empezamos a confundir los errores de los gobernantes con el fracaso de la propia democracia. Si perdemos la memoria histórica, también perdemos la capacidad de distinguir entre quienes desgastan las instituciones desde el aula hasta los tribunales y la estructura que hace posible nuestra libertad.
Es verdad: resulta fácil sentir hartazgo. Pero la política en sí no es el enemigo. Es la herramienta mediante la cual organizamos nuestra convivencia, protegemos nuestros derechos y abrimos el camino para que cualquier persona, sin importar su origen, pueda aspirar a cambiar su entorno. Desacreditarla por las fallas de unos pocos es renunciar al recurso más poderoso que tenemos para transformarnos.
La historia no miente: las democracias rara vez mueren de un día para otro. Primero pierden la confianza de la gente y luego son sustituidas por la falsa promesa de soluciones fáciles. El problema es que destruir un sistema de libertades lleva un instante, pero recuperarlo cuesta generaciones.
El desafío de nuestra generación no es alimentar el desprecio, sino asumir el compromiso. Necesitamos formar ciudadanos capaces de exigir integridad, fortalecer nuestras instituciones y entender que una democracia firme no se construye destruyéndola, sino exigiéndole más y perfeccionándola desde donde nos toque estar.
Artículo de opinión por: Wander Morales
Este artículo refleja exclusivamente la opinión de su autor y no representa necesariamente la línea editorial de PaginaUno.Do.












