Por: Wander Rafael Morales Feliz
Los conflictos internacionales pueden parecer acontecimientos lejanos. Una guerra en Medio Oriente, la interrupción de una ruta marítima, el aumento del petróleo o una crisis en el mercado de fertilizantes ocurren a miles de kilómetros de República Dominicana.
Sin embargo, sus efectos pueden terminar llegando directamente a nuestra mesa.
Y la pregunta que debemos hacernos no es solamente cómo enfrentar la próxima crisis, sino algo mucho más importante:
¿Qué estamos haciendo hoy para que la próxima crisis nos encuentre mejor preparados?
República Dominicana es una economía abierta y depende significativamente del comercio internacional. Por eso, cuando aumentan los precios internacionales del petróleo, los fertilizantes, los cereales o el transporte marítimo, una parte de ese impacto termina trasladándose a nuestra economía.
El Banco Central ha advertido recientemente que el incremento del petróleo y sus derivados, asociado a la evolución del conflicto en Medio Oriente, junto con las disrupciones del transporte global y otros factores, representa un riesgo para la inflación.
El pollo: un ejemplo de cómo funciona la cadena
Tomemos el pollo, uno de los alimentos fundamentales en la mesa dominicana.
El problema comienza mucho antes de que el pollo llegue al supermercado.
La industria avícola necesita alimento para las aves, y República Dominicana mantiene una fuerte dependencia de las importaciones de maíz y soya.
Para el período 2025/2026, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) proyectó importaciones dominicanas de aproximadamente 1.67 millones de toneladas de maíz, mientras que la producción nacional cubre menos del 5 % del consumo. Una parte importante de esa demanda está vinculada directamente al sector avícola.
Además, durante 2025 Estados Unidos exportó hacia República Dominicana más de US$241 millones en harina de soya y US$175 millones en maíz.
Por eso, cuando aumenta el costo internacional de esos productos, también aumenta el precio del alimento utilizado para la crianza de las aves.
Y la cadena continúa:
maíz y soya más caros → alimento animal más caro → producción avícola más costosa → transporte y refrigeración más caros → presión sobre el precio del pollo.
Así, un conflicto internacional puede terminar apareciendo en el plato de una familia dominicana.
El combustible no es solamente gasolina
El segundo canal es todavía más amplio: el combustible.
Cuando aumenta el petróleo, no solamente sube el costo de llenar el tanque de un vehículo.
También aumenta el costo de transportar alimentos desde el campo hasta los mercados, movilizar mercancías, operar maquinaria agrícola, refrigerar productos y distribuirlos por todo el país.
Por eso, el combustible tiene un efecto transversal sobre la economía.
Petróleo ↑ → transporte ↑ → costos de producción ↑ → distribución ↑ → precios al consumidor ↑
Esta cadena ayuda a comprender por qué una crisis energética internacional puede terminar convirtiéndose rápidamente en una preocupación doméstica.
El fertilizante también llega a la mesa
Hay otro elemento que muchas veces pasa desapercibido: el fertilizante.
El Banco Mundial proyectó para 2026 un aumento aproximado de 31 % en los precios de los fertilizantes, impulsado principalmente por el fuerte incremento de la urea.
Para un país agrícola, esto resulta fundamental.
El fertilizante forma parte del costo de producir arroz, plátanos, vegetales, frutas y numerosos alimentos que consumimos diariamente.
Si producir cuesta más, mantener los precios bajos se vuelve más difícil.
Precisamente por eso, el Gobierno dominicano extendió en 2026 el programa de subsidio a fertilizantes, llevando el monto acumulado a más de RD$2,151 millones, con el propósito de reducir el impacto de los costos internacionales sobre los productores y, consecuentemente, sobre la alimentación de la población.
Esto demuestra algo importante: las crisis internacionales pueden obligar al Estado a utilizar recursos públicos para evitar que todo el aumento de los costos llegue directamente al consumidor.
Pero los subsidios pueden ser una herramienta para enfrentar una emergencia.
No pueden ser, por sí solos, una estrategia permanente de desarrollo.
Y finalmente llegamos a la canasta familiar
Aquí encontramos el dato que debería preocuparnos más como sociedad.
En agosto de 2026, la canasta familiar correspondiente al primer quintil, integrado por el 20 % de los hogares de menores ingresos, alcanzó aproximadamente RD$29,756.89 mensuales.
La canasta familiar nacional llegó a RD$49,802.94.
Pero existe un elemento todavía más relevante: los alimentos tienen un peso considerablemente mayor en el presupuesto de las familias más pobres.
Según la estructura de ponderaciones del Banco Central, los alimentos representan aproximadamente 38.25 % de la canasta del quintil de menores ingresos, frente a 14.08 % en el quintil de mayores ingresos.
Esto significa que una misma subida de precios no afecta a todos de la misma manera.
Para una familia de mayores ingresos, un aumento en el precio del pollo, el aceite o el transporte puede implicar reducir algún gasto.
Para una familia de bajos ingresos puede significar comprar menos alimentos, endeudarse, sacrificar otros gastos esenciales o llegar al final del mes sin ninguna capacidad de ahorro.
El Banco Central reportó que la inflación interanual alcanzó 5.13 % en agosto de 2026, y que alimentos y bebidas no alcohólicas, junto con transporte y otros grupos, estuvieron entre los principales componentes de la inflación registrada durante ese mes.
Dentro de los alimentos aumentaron, entre otros productos, el pollo fresco y el arroz.
Por eso debemos comprender algo fundamental:
Inflación controlada no significa necesariamente que la vida sea barata.
Significa que los precios están aumentando a un determinado ritmo.
La verdadera pregunta para una familia es otra:
¿Mi ingreso está creciendo al mismo ritmo que el costo de vivir?
La pregunta que debemos hacernos como sociedad
Las crisis internacionales no están bajo nuestro control.
No podemos decidir cuándo comienza una guerra, cuánto sube el petróleo, cuánto cuesta la urea o qué sucede con una ruta marítima internacional.
Pero sí podemos decidir qué tan vulnerables queremos ser frente a esos acontecimientos.
Y aquí está la pregunta que debemos discutir como país:
«¿Vamos a seguir esperando cada crisis para subsidiar sus consecuencias o vamos a construir desde ahora una economía más preparada para resistirlas?»
Prepararnos significa producir más alimentos en territorio nacional.
Significa reducir dependencias estratégicas cuando resulte económica y técnicamente viable.
Significa invertir en tecnología agrícola, almacenamiento, riego, logística y transporte.
Significa fortalecer las cadenas nacionales de producción de maíz y otros insumos.
Significa diversificar nuestras fuentes de energía.
Significa mejorar la productividad y los ingresos de los trabajadores.
Y significa, sobre todo, entender que la seguridad alimentaria es una cuestión económica, social y estratégica.
Porque el verdadero costo de una crisis internacional no se mide solamente en dólares, petróleo o tasas de interés.
También se mide en cuántos alimentos puede comprar una familia con el salario que recibe.
República Dominicana ha demostrado capacidad para crecer incluso en medio de un escenario internacional complejo. El Banco Central reportó un crecimiento acumulado de 4.5 % entre enero y agosto de 2026.
El desafío ahora es convertir ese crecimiento en mayor capacidad de resistencia.
Porque las guerras terminan, los precios internacionales bajan y las crisis pasan.
Pero la pregunta permanece:
¿Estaremos mejor preparados para la próxima?












