Por: Wander Rafael Morales Feliz
La política suele revelar una paradoja profundamente humana: defendemos principios mientras no somos nosotros quienes debemos renunciar a algo por ellos.
Leonel Fernández ha expresado en numerosas ocasiones que ocho años son suficientes para un presidente. Sin embargo, gobernó durante doce años y, en 2010, la Constitución fue modificada para establecer nuevas reglas sobre la reelección presidencial.
La teoría de la disonancia cognitiva, formulada por el psicólogo Leon Festinger, explica cómo el ser humano puede construir justificaciones cuando sus actos entran en conflicto con sus convicciones.
Pero la política plantea una pregunta todavía más profunda:
¿Qué ocurre con un principio cuando el poder nos coloca frente a la posibilidad de aplicárnoslo a nosotros mismos?
Quizás ahí reside una de las grandes pruebas del liderazgo: los principios verdaderos no deberían cambiar según la posición que ocupemos frente al poder.
Porque la democracia no necesita hombres que solamente hablen de límites al poder; necesita dirigentes capaces de aceptarlos, incluso cuando les resulte personalmente inconveniente.
Y aquí surge la reflexión más importante: ¿qué sucede cuando una persona llega a creer que los límites fueron establecidos para los demás, pero no para ella?
El peligro no comienza cuando alguien quiere volver al poder. Comienza cuando empieza a considerarse por encima de las reglas que deberían limitarlo.
Porque ningún líder es más grande que la institución que representa, ni ninguna voluntad individual debería situarse por encima de la Constitución.
Los límites al poder no son obstáculos para la democracia; son, precisamente, lo que la protege del poder sin límites.














