Por: Wander Rafael Morales Feliz
El verdadero poder de una nación ya no se mide únicamente por el volumen de su economía ni por la fortaleza de sus fuerzas armadas. En el siglo XXI, el prestigio internacional también se construye mediante la cultura, el deporte, el turismo y la capacidad de inspirar confianza.
Es lo que el politólogo Joseph S. Nye definió como «poder blando» —soft power—: la facultad de ganar relevancia e influir globalmente mediante la atracción, la credibilidad y el ejemplo, más que por la coerción.
Los grandes eventos deportivos ocupan un lugar central dentro de esa estrategia. Los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 representan mucho más que una competencia entre atletas: constituyen una oportunidad histórica para proyectar nuestra capacidad institucional, hospitalidad y el progreso acumulado desde la última vez que fuimos sede, en 2003.
Más de dos décadas de transformación
En poco más de veinte años, la República Dominicana ha experimentado profundas transformaciones que hoy resultan evidentes:
Modernización de la infraestructura: expansión vial, renovación urbana y actualización de los sistemas de transporte.
Dinamismo económico: crecimiento sostenido del sector turístico y consolidación de la estabilidad macroeconómica.
Proyección internacional: fortalecimiento de los servicios y desarrollo de una visión de futuro orientada a una mayor presencia del país en el escenario global.
Estos avances serán presenciados directamente por miles de atletas, integrantes de delegaciones, periodistas y visitantes. Por ello, la verdadera trascendencia de estos juegos no reside únicamente en el medallero, sino también en su legado reputacional: consolidar una marca país asociada con la estabilidad, la eficiencia, la hospitalidad y el talento.
Cada instalación gestionada eficientemente y cada visitante satisfecho pueden convertirse en embajadores de nuestra nación, contribuyendo directamente al crecimiento del turismo, la atracción de inversión extranjera y el fortalecimiento de las relaciones internacionales.
«Apostar por eventos de esta magnitud no es un gasto pasajero: es una inversión estratégica en prestigio, confianza y posicionamiento global».
De un hito deportivo a una política de Estado
Las iniciativas de esta escala no pueden verse como esfuerzos coyunturales ni quedar relegadas después de la clausura del evento. Deben asumirse como parte de una política de Estado permanente que integre el deporte, la cultura y la diplomacia pública como motores transversales del desarrollo social y económico.
En ese sentido, es justo reconocer el esfuerzo coordinado del Gobierno dominicano, encabezado por el presidente Luis Abinader, junto con el sector privado, el movimiento deportivo y los miles de hombres y mujeres que trabajan tras bambalinas.
Organizar una cita de esta magnitud exige rigurosidad, inversión y una indiscutible visión de largo plazo.
La verdadera competencia
Santo Domingo 2026 nos invita a reflexionar sobre el modelo de país que estamos consolidando. Más allá de entregar obras físicas, el gran desafío consiste en demostrar que la República Dominicana es una democracia estable, abierta, emprendedora y plenamente capacitada para asumir retos globales de gran envergadura.
En un mundo donde la reputación se traduce en desarrollo tangible, nuestro país no solo compite por subir al podio deportivo: compite por la confianza, el respeto y el reconocimiento internacional como una nación que avanza con determinación hacia un futuro de mayores oportunidades.











