Por: Wander Morales
En política hay realidades que, aunque todos conocemos, pocas veces nos detenemos a analizar. Una de ellas es el valor del teléfono en la vida de un funcionario.
Cuando alguien ocupa un cargo, su teléfono no descansa. Llamadas, mensajes, invitaciones, saludos… parece que todos quieren estar cerca. El tono de cada timbre es símbolo de poder, y la agenda se llena de voces que antes quizás no aparecían.
Pero, curiosamente, cuando ese funcionario deja el cargo, el teléfono cambia de valor. Lo que antes era ruido constante se convierte en silencio. Quienes llamaban con frecuencia desaparecen, y el mismo número que parecía un puente vital hacia todo se convierte en un simple contacto telefónico.
Esto refleja una dura verdad: en nuestra sociedad, muchas veces el valor de una persona se mide por la posición que ocupa, no por lo que realmente es ni por lo que ha aportado.
La tela de araña del poder atrapa a todos: los que buscan favores, los que quieren cercanía, los que aplauden. Pero, cuando esa tela se rompe con la salida del cargo, pocos se quedan sosteniendo el hilo de la amistad verdadera.
Por eso, este análisis no busca criticar la naturaleza humana, que suele ser interesada, sino despertar conciencia. El verdadero dirigente, el verdadero político, es aquel que entiende que su valor no depende de un teléfono que suena o se apaga, sino de la huella que deja en las personas y en la sociedad.
Los cargos pasan, las llamadas cesan, pero la dignidad, el respeto y la verdadera amistad permanecen.
En un mundo donde el poder es temporal, lo único permanente es la esencia de cada quien. Y ahí es donde se mide la grandeza de un político: no en cuántas veces sonó su teléfono, sino en cuántas veces fue recordado y valorado aun después de colgarlo.
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Artículo de opinión por: Wander Morales
Este artículo refleja exclusivamente la opinión de su autor y no representa necesariamente la línea editorial de PaginaUno.Do.













