La elección del espectáculo de medio tiempo vuelve a evidenciar cómo cultura, identidad y poder político se entrelazan incluso en el mayor evento deportivo de EE. UU.
El Super Bowl no es solo el evento deportivo más visto en Estados Unidos: es un fenómeno cultural global. Su espectáculo de medio tiempo incluye música, luces y estrellas… pero también ideas poderosas sobre identidad, pertenencia y qué se considera “americano”. En 2026, el show ha trascendido el entretenimiento para convertirse en un espejo de las tensiones sociales y políticas del país.
Este no es un juicio sobre gustos musicales. Es una reflexión sobre cómo el poder, la cultura y la política se mezclan en lo que debería ser solo un partido de fútbol, y por qué eso importa.
Un escenario global, una audiencia dividida
La NFL eligió al artista puertorriqueño Bad Bunny como cabeza del espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX, un movimiento sin precedentes que ha generado reacciones intensas en distintos sectores de la sociedad —especialmente en la política estadounidense.
Bad Bunny es una de las figuras musicales más influyentes del mundo, y su elección para este momento icónico fue defendida por la NFL como una apuesta por la cultura global y la diversidad.
Pero, como muchas decisiones culturales significativas, esta también ha sido recibida con resistencia por parte de voces conservadoras que acusan a la NFL de politizar el evento y de alejarse de lo que ellos consideran “valores tradicionales estadounidenses”.
Música, identidad y discurso político
Lo que está en juego aquí no es solo el género musical o el idioma en el que se canta —aunque eso también ha sido objeto de debate— sino quiénes se ven representados cuando millones de personas miran la televisión. Muchos críticos de derecha se han quejado de que Bad Bunny cante predominantemente en español o que su postura política, incluida su crítica a políticas de inmigración como las del ICE, no encajen con su idea del Super Bowl.
En un país donde la política identitaria domina cada debate cultural, incluso un espectáculo musical se convierte en campo de batalla: ¿quién define “lo americano”? ¿El que ofrece una versión más tradicional de identidad? ¿O el que refleja la diversidad real del país?
El espectáculo alternativo: el nuevo campo de batalla cultural
La respuesta de algunos grupos conservadores no se ha quedado en críticas en redes sociales. La organización Turning Point USA anunció un concierto alternativo llamado “The All-American Halftime Show”, con artistas como Kid Rock y otros exponentes asociados a valores tradicionalistas.
No se trata de un show oficial dentro del estadio, sino de un intento por reclamar culturalmente ese momento de exposición masiva. Así, el espectáculo deportivo más lucrativo del planeta se convierte en una suerte de campo improvisado donde se confrontan visiones del país —y del mundo— que van más allá del fútbol americano.
¿Por qué esto duele tanto?
Históricamente, los espectáculos de medio tiempo del Super Bowl han sido momentos de unidad cultural: artistas que, independientemente de su discurso, lograban momentos memorables que quedaban grabados en la memoria colectiva.
Pero en las últimas décadas se ha vuelto evidente que el entretenimiento masivo no es neutral. Cada elección musical, cada imagen, cada gesto en el escenario —desde Beyoncé hasta Kendrick Lamar, y ahora Bad Bunny— puede ser interpretado como un comentario político sobre raza, identidad, inmigración o poder.
En ese sentido, lo que muchos llaman “politización” del Super Bowl no es un accidente: es un reflejo de un país profundamente dividido, en el que hasta la cultura popular se ve impregnada por debates sobre quién tiene voz, quién tiene espacio y qué valores se celebran públicamente.
Más allá del entretenimiento
El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl ya no es solo música en un momento intermedio del juego. Es:
- Un símbolo de poder cultural
- Un medio de representación social
- Un espacio donde se negocia qué narrativas son “aceptables”
- Un campo donde diferentes sectores intentan afirmar su visión de nación
Esto nos dice algo más amplio: en una era de polarización, incluso el entretenimiento se vuelve una arena política. Y cuando eso sucede, la pregunta deja de ser “¿Quién toca en el show?” para convertirse en “¿Quién tiene derecho a definirse como parte de esta nación?”.
El Super Bowl debería ser una fiesta de fútbol, música y espectáculo. Pero en un país donde todo ha sido politizado —desde la educación hasta el almuerzo escolar—, el momento cultural más visto del año no podía escapar al conflicto político.
Cuando una actuación musical desencadena respuestas que invitan a contraprogramar eventos, criticar idiomas o cuestionar identidades, lo que queda claro es una cosa: la cultura popular y la política están tan entrelazadas que ya no pueden separarse. Y entender eso es fundamental si queremos comprender no solo la controversia de este Super Bowl, sino los debates culturales más amplios que están marcando nuestra era.














