La historia demuestra que el autoritarismo no surge de democracias débiles, sino de aquellas que creen ser inmunes a él.
Cuando se piensa en autoritarismo, muchas personas imaginan dictaduras militares, censura explícita, golpes de Estado o líderes que se perpetúan en el poder sin elecciones. Esa imagen, aunque históricamente válida, resulta cada vez menos útil para entender el mundo actual. Hoy, el autoritarismo rara vez llega con tanques. Llega con leyes. Con tecnicismos. Con discursos de “seguridad”, “orden” y “sentido común”.
Las democracias modernas no colapsan de un día para otro. Se erosionan lentamente, mientras la ciudadanía se acostumbra a pequeñas renuncias que parecen razonables, temporales o necesarias. Y cuando alguien intenta alertar sobre el peligro, ya es tarde: todo lo grave se volvió normal.
El autoritarismo contemporáneo no se impone a pesar de la democracia, sino a través de ella.
La legalidad como máscara
Uno de los grandes errores al analizar el poder es asumir que lo ilegal es siempre lo injusto, y que lo legal es siempre legítimo. La historia demuestra lo contrario. Muchas prácticas autoritarias han sido perfectamente legales en su momento.
Leyes migratorias que permiten separar familias. Normativas que habilitan detenciones indefinidas. Acuerdos judiciales que garantizan impunidad a los poderosos. Todo dentro del marco institucional.
Cuando el abuso se reviste de legalidad, deja de parecer abuso. Se convierte en “procedimiento”.
El lenguaje que deshumaniza
Antes de que un sistema oprima, nombra. Clasifica. Reduce.
No son personas, son aliens.
No son víctimas, son casos.
No es tortura, es interrogatorio reforzado.
El autoritarismo moderno entiende que no necesita convencer a todos; solo necesita cambiar el lenguaje lo suficiente para que la violencia no incomode. Cuando dejamos de hablar de personas y empezamos a hablar de categorías, la empatía se vuelve opcional.
El miedo como herramienta política
Las democracias modernas no gobiernan solo con leyes, sino con emociones. El miedo es la más rentable. Miedo al migrante. Al criminal. Al “otro”. A la pérdida del estatus, del empleo, de la identidad nacional.
Ese miedo justifica medidas excepcionales que luego se vuelven permanentes. Vigilancia. Militarización. Redadas. Restricción de derechos. Todo en nombre de una amenaza que rara vez se define con claridad.
Un pueblo asustado no exige libertades, exige protección, incluso si esa protección termina siendo su mayor amenaza.
La impunidad como mensaje
El caso Epstein no es una anomalía: es una señal. Cuando los poderosos no enfrentan consecuencias, el mensaje es claro y pedagógico: la ley tiene jerarquías.
El autoritarismo no necesita encarcelar a todos. Le basta con demostrar que algunos nunca irán presos. La desigualdad ante la ley erosiona la confianza en las instituciones y normaliza el cinismo. Si la justicia no es justa, ¿por qué defenderla?
El cansancio moral de la sociedad
Otro elemento clave es el agotamiento. Crisis tras crisis. Escándalo tras escándalo. Indignación tras indignación. Llega un punto en que la gente se cansa de estar alerta.
El autoritarismo moderno se aprovecha de ese cansancio. Sabe que la repetición anestesia. Que lo inaceptable, repetido suficientes veces, se vuelve rutina. Que la gente no deja de ver injusticias porque no le importen, sino porque no puede soportarlas todas al mismo tiempo.
El espectáculo como distracción
Mientras los derechos se erosionan, el entretenimiento se intensifica. Grandes eventos. Controversias superficiales. Debates vacíos. El ruido constante impide la reflexión profunda.
No se censura la crítica; se la ahoga en distracción.
No se prohíbe pensar; se hace difícil concentrarse.
“Esto no nos pasará a nosotros”
Quizá la frase más peligrosa de todas.
Todas las sociedades que han caído en formas de autoritarismo creyeron, en algún momento, que eran la excepción. Que tenían instituciones fuertes. Que su democracia era “distinta”. Que eso solo pasaba en otros países.
El autoritarismo no llega cuando la democracia es débil. Llega cuando la democracia se da por sentada.
La pregunta incómoda
La pregunta no es si vivimos en una dictadura.
La pregunta es cuántas prácticas autoritarias hemos aceptado sin darnos cuenta.
Porque el autoritarismo moderno no necesita aplausos.
Le basta con nuestra costumbre.















