Las protestas contra el ICE reflejan el rechazo social a políticas migratorias deshumanizantes y a una visión del poder que ignora la dignidad humana y el orden internacional.
En distintas ciudades de Estados Unidos, ciudadanos y comunidades enteras están saliendo a las calles para exigir algo básico: humanidad. Las protestas contra el actuar del ICE (Immigration and Customs Enforcement) no son un capricho ideológico ni una moda política; son la consecuencia directa de años de políticas migratorias agresivas, deshumanizantes y, en demasiados casos, mortales.
ICE se ha convertido, para millones de latinos, en sinónimo de miedo. Miedo a ir al trabajo, a llevar a los hijos a la escuela, a abrir la puerta de casa. Las redadas, detenciones arbitrarias, separaciones familiares y muertes que han ocurrido bajo su custodia no pueden seguir tratándose como “daños colaterales”. Se trata de personas, de vidas y de familias destruidas en nombre de una supuesta seguridad nacional que rara vez se aplica con el mismo rigor a otros sectores.
Durante la presidencia de Donald Trump, este enfoque se radicalizó. No solo se reforzó el poder de ICE, sino que se legitimó un discurso que presenta al migrante —especialmente al migrante latino— como una amenaza, como un criminal por defecto. Desde la Casa Blanca se impulsó una narrativa que ha derivado en violencia institucional, impunidad y normalización del abuso.
Las protestas actuales no buscan expulsar a nadie por odio, sino frenar un sistema que ha perdido el norte moral. Cuando el Estado persigue con más severidad al trabajador indocumentado que al corrupto de cuello blanco, se evidencia una profunda distorsión en las prioridades de justicia.
La preocupación, sin embargo, no se limita al ámbito migratorio interno.
Las recientes declaraciones y actitudes de Trump respecto a Groenlandia, tratándola como un objeto susceptible de apropiación geopolítica, revelan una visión peligrosa del poder, en la que el derecho internacional, la soberanía de los pueblos y alianzas históricas como la OTAN parecen elementos secundarios. Ignorar acuerdos multilaterales no constituye una demostración de fortaleza, sino de desprecio por el equilibrio global.
Desde la perspectiva de una mujer latina, hija de una región históricamente explotada, estos paralelismos no pueden ser ignorados. La historia ha demostrado que la deshumanización comienza con el lenguaje y la justificación de que “el fin justifica los medios”, y termina con pueblos y vidas reducidas a cifras o intereses.
Hoy preocupa la situación de los migrantes latinos en Estados Unidos, pero también el impacto que esta visión del poder puede tener a escala global. Cuando la crueldad se normaliza contra un grupo, inevitablemente se expande. Defender los derechos de los migrantes no es solo un acto de solidaridad, sino una defensa esencial de la dignidad humana.
El silencio nunca ha sido neutral. Y en el contexto actual, alzar la voz es una responsabilidad ética.















