Por Mayrelin García
La educación, la tecnología y la formación para el empleo son pilares de una estrategia de desarrollo que debe traducir el crecimiento económico en más oportunidades para la gente.
La economía mundial está experimentando cambios que hace apenas unos años parecían lejanos. La inteligencia artificial, la automatización, los servicios digitales y las nuevas formas de producción están transformando la manera en que trabajamos, emprendemos y competimos. Para la República Dominicana, esta transformación representa una oportunidad que debemos saber aprovechar: preparar nuestro talento humano para participar con mayores capacidades en la economía que está surgiendo.
El país ha construido fortalezas importantes. El crecimiento de sectores como la logística, el turismo, las zonas francas y los servicios abre posibilidades para diversificar la actividad productiva, atraer nuevas inversiones y generar empleos de mayor valor. Sin embargo, para aprovechar plenamente esas oportunidades necesitamos que la formación de nuestra gente avance al ritmo de las transformaciones del mercado y de las demandas de las empresas.
No se trata únicamente de formar más profesionales, sino de desarrollar las competencias que permitan a los dominicanos acceder a mejores empleos, aumentar su productividad y crear nuevas oportunidades de negocio. El conocimiento técnico, el dominio de idiomas, las habilidades digitales, el pensamiento crítico y la capacidad de adaptación son cada vez más determinantes para competir en un entorno económico que cambia con rapidez.
En esa dirección, el Gobierno del presidente Luis Abinader ha impulsado iniciativas que merecen atención por su potencial para ampliar las oportunidades de formación. En septiembre de 2026 se presentó RD Inteligente, un programa nacional ejecutado a través del Instituto Tecnológico de las Américas (ITLA), con la meta de capacitar gratuitamente a un millón de dominicanos en inteligencia artificial. La iniciativa procura acercar estas herramientas a estudiantes, emprendedores, profesionales, servidores públicos y personas que buscan incorporarse al mercado laboral. A finales de septiembre, el programa ya registraba 54,000 participantes.
Este esfuerzo tiene una particular importancia, la inteligencia artificial no debe entenderse exclusivamente como un campo reservado a especialistas en programación. Su utilidad también alcanza a docentes, administradores, comerciantes, profesionales de distintas áreas y pequeños empresarios que pueden emplearla para organizar mejor su trabajo, analizar información, mejorar procesos y desarrollar nuevas soluciones. El desafío es lograr que el conocimiento tecnológico se convierta en una herramienta práctica para elevar las capacidades de la población.
A esta iniciativa se suma la entrega, en agosto de este año, de 36,225 becas de educación continua del ITLA, dirigidas a áreas como inteligencia artificial, ciencia de datos, ciberseguridad, desarrollo de software, marketing digital e idiomas. De acuerdo con información consultada, el 51.3 % de las becas fue otorgado a mujeres, un dato relevante para ampliar su participación en sectores vinculados con la transformación digital. Estos programas contribuyen a acercar la formación tecnológica a una población más amplia y a crear condiciones para que más dominicanos puedan prepararse para las oportunidades emergentes.
La formación para el empleo también debe considerar a quienes necesitan una segunda oportunidad o una vía de acceso al mercado laboral. El programa Oportunidad 14-24 que se implementa desde inicios del anterior período de gobierno, constituye una iniciativa en esa dirección, al combinar capacitación técnica, acompañamiento y acciones orientadas a la inserción laboral y la reinserción educativa de jóvenes. Preparar el talento nacional exige reconocer que no todos parten de las mismas condiciones y que ampliar las oportunidades supone acercar las herramientas de formación a quienes más las necesitan.
Estas iniciativas forman parte de una agenda que debe seguir fortaleciéndose mediante la articulación entre el Estado, el sistema educativo, el sector privado y los territorios. La formación tecnológica, por sí sola, no resuelve todos los desafíos del empleo; su impacto depende también de la calidad de los aprendizajes, la pertinencia de los programas y la existencia de oportunidades reales para aplicar las competencias adquiridas.
Por eso, uno de los pasos importantes es profundizar la relación entre los centros de formación y las empresas. Los sectores productivos deben participar activamente en la identificación de las habilidades que necesitan, en el diseño de programas formativos y en la creación de oportunidades para que los estudiantes adquieran experiencia práctica. Las pasantías, la formación dual y los programas de capacitación vinculados directamente con puestos de trabajo pueden contribuir a reducir la distancia entre lo que se enseña y lo que demanda el mercado.
El aprendizaje del inglés merece una atención particular. En una economía conectada con los mercados internacionales, el dominio de este idioma amplía el acceso a empleos especializados, servicios globales, oportunidades académicas y redes de conocimiento. Junto con las competencias digitales y técnicas, debe formar parte de una estrategia de desarrollo del capital humano que permita a los dominicanos competir desde el país y participar en actividades económicas de alcance internacional.
También es necesario mirar más allá de los principales territorios o centros urbanos. La transformación productiva debe generar oportunidades en las distintas provincias, aprovechando las vocaciones económicas de cada territorio. La expansión de la formación tecnológica, las modalidades virtuales y la colaboración con instituciones educativas locales pueden ayudar a que el lugar de residencia no se convierta en una barrera para el desarrollo profesional. Una economía más competitiva requiere que el talento pueda surgir y desarrollarse en todo el territorio nacional.
De igual manera, debemos medir los resultados de estas políticas por su impacto en la vida de las personas. El número de becas otorgadas o de participantes inscritos constituye información importante, pero también necesitamos conocer cuántos egresados consiguen empleo, mejoran sus ingresos, emprenden o aplican los conocimientos adquiridos para elevar su productividad. Dar seguimiento a esos resultados permitirá identificar oportunidades de mejora y orientar los recursos hacia las intervenciones que produzcan mayores beneficios sociales y económicos.
La educación, además, no puede concebirse como una etapa que termina con la obtención de un título. La velocidad de los cambios tecnológicos exige que el aprendizaje sea permanente. Trabajadores, profesionales, emprendedores y servidores públicos necesitan actualizar sus conocimientos durante toda su vida laboral. Construir esa cultura de aprendizaje continuo es una responsabilidad compartida entre las instituciones públicas, las empresas, los centros educativos y los propios ciudadanos.
La República Dominicana tiene la oportunidad de consolidar su posición como una economía abierta, dinámica y cada vez más conectada con las nuevas tendencias productivas. Para esto, debemos continuar fortaleciendo las capacidades de nuestra gente, mejorar la conexión entre educación y empleo y asegurar que los avances tecnológicos se traduzcan en oportunidades concretas de progreso.
Preparar el talento dominicano para la economía del futuro no es una tarea aislada del sistema educativo ni una responsabilidad exclusiva del Gobierno. Es una apuesta de país que requiere continuidad, coordinación y visión estratégica. Las iniciativas en marcha ofrecen una base sobre la cual seguir construyendo; el próximo paso es lograr que la formación se traduzca cada vez más en productividad, empleos de calidad, emprendimiento y movilidad social.
El desarrollo se mide por la capacidad de atraer inversiones o aumentar la producción, pero también se expresa en las oportunidades que una sociedad ofrece a su gente para aprender, trabajar, innovar y mejorar sus condiciones de vida. Invertir en el talento dominicano es, por tanto, invertir en la competitividad del país y en la posibilidad de construir un futuro con mayores oportunidades para nuestra gente.











